—La noche nos rodea, la luna brilla en los cielos, los aires son puros, todo nos convida á amar; ¿por qué hemos de hablar de cosas lúgubres?
Y Jacub adelantó hácia Zairah.
—No me toques: no me toques; esclamó la jóven retirándose.
—Tú no me amas, dijo sombriamente Jacub.
—¡Sí, sí! te amo, pero de otro modo.
—¡De otro modo!
—Sí, de una manera mas dulce, mas tranquila: te amo como amaría á mi hermano, y nada mas.
—¡Oh! cuando me viste la noche pasada junto á tí, no me hablabas de tal manera.
—Entonces era blanca, y ahora soy negra.
Jacub se estremeció.