—Te lo repite tu terror.

—El otro, el de la cabellera bermeja, estaba despedazado, magullado, como un hombre que ha caido despeñado sobre rocas.

—¡Ah! no, no.

—Y el buen caballero me decia: tú eres mi hija.

—¡Te llamaba su hija!

—Y el hombre de la cabellera bermeja me decia: tú eres mi hermana.

—¡Su hermana! ¡no, no puede ser!

—Y el caballero añadia: mi hijo me ha asesinado: y el hombre bermejo decia: mi hermano me ha asesinado.

Jacub lanzó un gemido.

—Y alrededor de los que se decian mi padre y mi hermano, vagaban muchas sombras entre una atmósfera de fuego, y todas decian en coro: