—Nuestra raza se ha terminado, pero ha terminado maldita.

El terror de Jacub se aumentó, y adelantó hácia su hermana.

—¡Oh! ¡no me toques! ¡no me toques! esclamó esta retirándose.

—Pero yo te amo.

—Nuestro amor es maldito.

—¿Y crees tú en sueños?

—Los sueños son avisos de Dios.

—O del infierno.

Y Jacub dió otro paso hácia Zairah.

—No me toques, esclamó esta; sino quieres morir y matarme.