Dicen que Abu-Sayd al morir esclamó:
—¡Oh Pedro! ¡qué torpe triunfo alcanzas hoy de mí! ¡qué ruin cabalgada hiciste contra quien de tí se fiaba!
Los cadáveres fueron amontonados, y sus cabezas cortadas fueron puestas en los muros de Sevilla.
Tal fué el fin desastroso del desgraciado Abu-Sayd, que dejó franco el trono al legítimo rey Muhamad.
VI.
Trasladóse este á Granada, donde fué recibido con grandes aclamaciones y regocijos.
Fué su entrada á la hora de adohar[97], del sábado veinte de la luna de Giumada postrera del año setecientos sesenta y tres[98].
El rey de Castilla le envió la cabeza de Abu-Sayd, canforada dentro de una caja, cuyo horrible presente agradeció mucho el rey Muhamad, que envió en cambio á don Pedro el Cruel, veinte y cinco caballos de raza árabe de la yeguada real, criados á las orillas del Genil, diez de ellos con preciosos jaeces y ricos alfanges guarnecidos de oro y piedras preciosas.
Al mensajero que habia llevado la cabeza de Abu-Sayd, dió tambien magníficos regalos.
Poco tiempo despues suscitaron al rey Muhamad una rebelion algunos descontentos que proclamaron al walí Alí-ebn-Alí Ahmed-ebn-Nazar, infante de la familia real; pero el rey Muhamad le venció, le ahuyentó, y continuó su reinado en paz.