En este tiempo declaró é hizo jurar su sucesor y partícipe en el mando á su hijo Abu-Abdallah-Juzef, y concertó su matrimonio con la hija del emir de Fez, á la que trajo á Granada su hermano el príncipe de Fez, que casó con la hermosa Zairah, hija de Abu-Ayan, caballero rico y de los mas nobles y poderosos de Andalucía.

Con este motivo se celebraron justas y torneos y bizarras fiestas y gentilezas de caballería, en las que entraron caballeros de Africa, de Egipto, de España y de Francia, atraidos por la magnificencia y la fama de Granada, y protegidos por el seguro real de Muhamad, que los honró y hospedó magníficamente á su costa en el fondaf de los genoveses.

Muhamad continuó prolongando sus paces con el rey de Castilla, y enviándole regalos y preseas, «y como poco despues, dicen las crónicas que seguimos, acaeciese la muerte del rey de Castilla, hubo mal intencionados que atribuian su muerte á maldad del rey de Granada, como que le hubiese enviado unos borceguíes preciosos inficionados de veneno mortal, pero nunca fué traidor ni asesino el rey Muhamad, y la muerte fué natural, y porque sus dias fueron cumplidos segun la divina voluntad.»

Algunos años despues, el setecientos noventa y cuatro[101], murió el rey Muhamad con general sentimiento de sus vasallos, y fué sepultado en el palacio de Djene-al-Arife (Generalife) al amanecer, poco despues de la oracion del alba (de Azzobih), siendo acompañado su entierro por todas las clases del Estado.

No consta la inscripcion del sepulcro de este rey.

VII.

Sucedióle en el trono su hijo Abu-Abdallah Juzef II, que fué proclamado solemnemente, besándole la mano toda la nobleza de Granada y los principales alcaides y walíes de todas las tahas del reino.

Era muy semejante en las virtudes á su padre, y en su amor á la paz. Despues de las fiestas de su proclamacion, envió mensajeros á los reyes cristianos, ofreciéndoles mantener las treguas y amistad que con ellos habia tenido su padre.

Para obligar mas al rey de Castilla (don Juan el primero) dió libertad sin rescate á algunos cautivos que habian tomado sus corredores en la frontera, y los envió con el alcaide de Málaga, acompañándolos con un presente de seis caballos andaluces ricamente enjaezados, con armas preciosas y cubiertos de paños de oro.

Las treguas continuaron, y con ellas la prosperidad de Granada.