Pero habia llegado el momento en que las amarguras turbasen la felicidad del rey Juzef.
Tenia este cuatro hijos. El mayor se llamaba como él Juzef, el segundo Muhamad, Alí el tercero, y Ahmed el cuarto. Muhamad era de carácter violento, y ofendido de que su padre, por razones de primogenitura y afecto prefiriese á su hermano mayor Juzef, sucesor presunto del trono, concibió contra él un odio implacable, y olvidando todo respeto, concibió el proyecto de levantarse contra su padre y destronarle si la fortuna le ayudaba.
Tomó para ello por pretesto su celo por la religion.
Mirábase mal por el pueblo de Granada, enemigo de los cristianos y belicoso de suyo, la buena avenencia que Muhamad sostenia con los otros reyes de España, y que favoreciese en su córte á muchos caballeros castellanos refugiados en ella, hasta el punto de tratarlos con suma familiaridad: fué muy facil, pues, á Muhamad, hacer creer al pueblo por medio de sus parciales, que su padre era mal musulman, cristiano secretamente, y favorecedor público de infieles.
Tomó cuerpo esta calumnia, se desenfrenaron los descontentos del rey Juzef, y llegó el caso de que, irritados los mas audaces por los partidarios del infante Muhamad, produjeron un motin en que se pidió á voces la deposicion del rey: principió el alboroto en las puertas de la Alhambra; y aterrado el rey Juzef, estaba á punto de renunciar su soberanía y de ponerse en manos de su rebelde hijo, cuando el embajador de Fez, que estaba con él en el alcázar, hombre anciano y bravo, y de mucha autoridad y elocuencia, salió á caballo á la plaza y habló á los rebelados con tal energía, que los redujo á la obediencia del rey Juzef.
Aunque habia pasado esta tormenta, temeroso el rey de que, creyéndole amigo de los cristianos, se reprodujese con mas fuerza, dispuso sus tropas para una algazia ó correría á saco mano por las fronteras cristianas, y entró por las de Murcia y Lorca, talando los campos, robando ganados, incendiando aldeas, y matando y cautivando á cuantos cristianos habian á las manos.
Salieron contra ellos los fronteros, y despues de algunas escaramuzas con varia fortuna, el rey Juzef se volvió con la presa á Granada.
Pero como Juzef hacia la guerra á los cristianos, mas por satisfacer á sus vasallos y destruir sus sospechas de amistad con los cristianos, que por su voluntad, admitió fácilmente la tregua que le propuso el rey de Castilla, y aun se cree que él mismo la pidió, receloso de los grandes armamentos que contra él se hacian en Castilla y Aragon; tregua, que para evitar interpretaciones, concertó con acuerdo de un consejo compuesto de sus wazires y de sus walíes.
Sucedió por este tiempo que un ermitaño llamado Juan Sago, dijo al maestro de Alcántara don Martin Yañez de la Barbuda, que habia tenido revelacion de que el tal maestre ganaria grandes victorias contra moros si retase al rey de Granada.
Engañado el maestre por la fama de santidad del ermitaño, envió á algunos de los suyos á Granada, para que retasen al rey Juzef á hacer campo con el maestre, y que si el rey no quisiese aceptar entrarian en liza veinte, treinta ó cien cristianos contra un número doble de moros.