Algunos escuderos de los zegries habian saltado la valla y habian dado á sus dueños picas de combate.
Por esto se dijo el romance aquel:
No hay amigo para amigo;
las cañas se vuelven lanzas.
XII.
LA BATALLA.
A aquella infame traicion de los zegríes, siguió un tumulto espantoso.
Los abencerrages, provistos de lanzas los unos, los otros valiéndose solo de las espadas, se revolvieron con un odio y una saña incomparables.
De los estrados, de las galerías, de las casas, bajaban á la liza caballeros, y aun el populacho empezaba á tomar parte, dividiéndose Granada en dos bandos.
El rey con la sultana, con sus mujeres, con sus consejeros, escapó y se encerró en la Alhambra.
El infante Muza quedó en la plaza revolviéndose entre los combatientes, y gritando para ponerlos en paz: