Generalife estaba resplandeciente.
Sus cascadas corrian bajo sus verdes bóvedas de laurel, entre las que estaban escondidas jaulas con cuantos pájaros de voz armoniosa podia reunir el deseo.
Las lámparas de colores ardian en el oscuro fondo de las enramadas, esparciendo una dulce luz.
Las fuentes saltaban cruzando caprichosamente sus surtidores, bajo los que ardian mil luces.
Al lado de los estanques, entre los jardines, al dulce eco de la fiesta, vagaban parejas de damas y caballeros que hablaban de amor.
El cielo estaba plácido y tranquilo; la luna brillaba, y las frescas auras gemian entre las enramadas.
Pero habia un jardin en Generalife, en el cual no brillaban luces.
Unicamente la luna reflejaba en su largo estanque.
Un solo ruiseñor cantaba escondido en lo mas alto de un árbol jigantesco.