Aquel árbol era un ciprés.
El ciprés de Abul-Walid.
Si vais á Generalife encontrareis aun aquel jardin, aquel estanque, la antigua atarvea con flores ahora, como entonces, porque la naturaleza es mas próvida que los hombres; estos han dejado que se arruinen las galerías de estuco y mármol, los aleros, las cúpulas.... la primavera ha cuidado de cubrir cada año de flores las orillas del estanque, y cada año ha nacido una rama nueva al ciprés.
Cuando el cicerone que os acompaña llega á aquel jardin, se detiene y os dice con un entusiasmo verdaderamente romancesco:
—Aquel es el Ciprés de la Sultana.
Y cuando os acercais á él, veis que los que han llegado primero que vos, han cortado con un entusiasmo tambien enteramente romancesco, una astilla del árbol, una especie de reliquia.
El ciprés, junto á su pié, á la altura de mi hombre, está roido ó mas bien desollado, por el entusiasmo de los viajeros.
Una tarde estaba el autor sentado, á la puesta del sol, en el pequeño jardin donde existe el ciprés.