Hablaba con un viejo inválido de la compañía de la Alhambra, y miraba á la altísima punta del árbol maquinalmente.
De improviso, viniendo de la parte de la Silla del Moro, un gran pájaro blanco se cernió un momento sobre la punta del ciprés, y se detuvo en ella.
—¿Qué clase de pájaro es ese, tio Juan? dijo el autor al inválido.
—¡Ah! ¡ah! esclamó el viejo; es un animal muy raro: es un grajo.
—¡Un cuervo blanco!
—Si señor, un grajo cano de viejo: como que dicen que el Ciprés de la sultana tiene cuatrocientos años, y que ese cuervo es tan viejo como él.
—¿Quién ha dicho á V. eso, tio Juan?
—Mi padre se lo oyó decir á mi abuelo, que decia que se lo habia oido decir al suyo, y que el abuelo de mas allá se lo habia oido decir al de mas lejos.
—Vamos, esa es una noticia trasmitida de generacion en generacion: una tradicion, en una palabra.
—Como se sabe que la sultana que engañó al rey Chico de Granada, dejándose enamorar de un abencerrage al pie de ese árbol, era rubia y blanca, y tenia los ojos garzos y una pequeña rosa que le hacia mucha gracia, en la megilla derecha.