La hora se acerca.

Y fuera de sí Aben-Ahmed, se apartó de la sultana.

Zoraida no pudo contener su llanto.

Detúvose Aben-Ahmed estremecido de alegría, y tornó al sitio donde aun permanecia inmóvil la sultana.

—¿Por qué lloras? esclamó Aben-Ahmed: cada lágrima tuya vale un torrente de sangre. Si tú me amas, hurí, pronuncia una sola palabra, y cuanto se oponga á nuestro amor caerá ante mi espada.

—¡Vete! dijo la sultana dominando su conmocion y procurando ahogar sus sollozos.

—¡Oh! ¡dejarte cuando todo el llanto que corre de tus ojos, la agitacion de tu seno, la palidez de tu semblante, me dicen que me amas!

—¡Vete! repitió Zoraida.

—No, no me alejaré. Alejarme seria morir.

—Permaneciendo morirás.