—¿Y qué importa?
—¿Y mi amor? esclamó con desesperacion Aben-Ahmed.
La sultana se levantó de una manera solemne: sus lágrimas se habian secado, brillaba su mirada, tranquila, grave, inspirada.
—Antes de conocerte, dijo, yo vivia otra vida tranquila, dulce, resignada, sin alegria, es verdad, pero tambien sin dolores; no amaba á mi esposo, porque no le eligió mi voluntad, porque Dios no habia querido que le amara; pero no le aborrecia.
Mi sueño era tranquilo.
Las flores tenian para mí colores y fragancia.
El aura era fresca y balsámica.
Mi aliento la aspiraba con delicia.
Yo veia al sol levantarse magestuosamente en el oriente y caer lleno de languidez en el occidente, como el camello que se reclina despues de una larga jornada.
Yo lo amaba todo; las flores, los pájaros, las auras, el sol, la tierra, los luceros que vierten una vaga y misteriosa luz en el firmamento.