Era yo entonces feliz: las buenas hadas me halagaban en mis sueños, y al despertar el alba me sonreia.
Pero cuando te ví, Aben-Ahmed, las megillas doradas por el sol de Africa, cabalgando al frente de tus bizarros abencerrages en tu yegua blanca, llevando tras tí el verde estandarte de la familia del profeta;
Cuando pasaste bajo mis celosías galan y hermoso, terciada la pica, la frente alta, suelta la toca al viento, resplandeciente la mirada;
¡Oh! cuando te ví, el ángel de la paz no batió ya sobre mí sus alas blancas, ni las flores, ni la alborada, ni el sol, tuvieron para mí fragancia, frescura, ni resplandores:
Los pasos de mi esposo, que se acercaba á mi retrete y que antes no me inquietaban, me aterraron.
Las puras frentes de mis hijos me causaron vergüenza.
Porque yo dentro de mi alma era adúltera.
Porque dentro de mi alma yo te amaba.
Y yo no debia amarte.
Quise vencer aquel amor vergonzoso y creció.