Quise contenerle al menos, y se desbordó.

Y cuando yo luchaba en vano conmigo misma, tú, enamorado de mí, me aquejabas con tu amor.

En la noche cuando todo callaba, cuando todo dormia, el sonido de una guitarra venia á estremecerme.

Y luego tu voz que cantaba á lo lejos en la márgen del rio, entre las espesuras de avellanos, llegaba, conducida por los traidores céfiros, hasta el mirador, desde el cual fijaba yo en la luna mis ojos llenos de lágrimas.

¿Quién sabia si aquel canto de amores buscaba á la sultana que gemia en su mirador, ó á una dama escondida tras sus celosías en los cármenes del Darro?

Yo sola sabia que aquel canto venia á buscarme.

Yo sola sabia que aquella palabra ardiente, que aquella armonía melancólica hablaba á la sultana.

Y yo me volvia loca.

Yo luchaba.

Quise al fin probar el último remedio.