—Lo sabemos, y por eso lo suplicamos.
—¡Sus Altezas!...
—Sus Altezas no sabrán que hemos salido por esta puerta ni por otra, sino que no hemos entrado. Di, pues, al atalaya que nos deje paso franco.
—Puede sucedernos un fracaso, porque los moros rondan el campo á la redonda.
—¡Pardiez! ¿sabes, alférez, que tenemos empeñada una porfía con los capitanes de caballos Hernan Perez del Pulgar y Gonzalo Fernandez de Córdoba, sobre quién hará una mayor hazaña, y que no hemos de perderla sino con la vida?
—Pues porfía teneis, y con porfía lo pedís, salid, caballeros, y que Dios os ayude.
Y el alférez llegó al atalaya y le previno.
Y los cuatro capitanes cristianos salieron al campo, montaron á caballo, y se alejaron mas que á paso del Real.
Era á punto de amanecer.
Los cuatro caballeros cristianos aguijaron sus caballos.