Y como iban en busca de aventuras, les dejaron ir, para que la aventura fuese completa, por el primer camino que los animales tomaron.

Y él acaso, protector de locos y aventureros que todo es uno, les deparó aventura tal, que cuando á la vista de ella se encontraron, se dieron por tan satisfechos como quien ha logrado un imposible.

Y fué, que vieron venir el camino adelante de la parte de Granada y á la luz del alba que esclarecia, un bulto blanco, asaz en grandeza y ligero como un copo de plumas impulsado por el viento.

Verse, afirmarse en los estribos y correr á él, fué cosa de un momento.

Y el bulto al ver que los cuatro caballeros castellanos arremetian, se detuvo.

Y una voz dulce de muger dolorida y triste, se dirigió á ellos.

—Si sois caballeros, dijo, amparadme, que de caballeros es favorecer al desvalido, y yo soy una muger que viene de Granada, y va al Real de los cristianos.

—Muger sola y á esta hora, dijo el señor de Cartagena, don Juan Chacon, en grave conflicto hallarse debe, pues anda en tales caminos sola y desamparada.

—¡Ojalá fuesen mios el peligro y la desventura, replicó la dama, que no me hallarais tan menesterosa de amparo; mas, pues sois caballeros, segun lo indica vuestra mesura, y cristianos pues hablais en algaravia[141], os ruego me lleveis á punto donde yo pueda ver á don Juan Chacon, señor de Cartagena.

El dia entraba ya aprisa, y á su luz pudieron ver los castellanos á una mora vestida con ropas blancas, de gran juventud y hermosura, montada en una hacanea, y pálida y temerosa, al parecer, de hallarse entre enemigos.