Aquejaba el hambre y se temia á cada momento la embestida decisiva del enemigo.
Una noche, Boabdil sintió pasos de algunos hombres en uno de los estremos del patio de los Leones.
Su corazon se estremeció.
Entre las voces de aquellos hombres que hablaban y que al parecer salian de la sala de Justicia, creyó reconocer el acento estranjero de los castellanos.
¿Qué hacian aquellos cristianos en su alcázar?
Trataban, sin duda, en medio del silencio de la noche, de la rendicion de la ciudad: la corona temblaba en su cabeza; el reino de Granada agonizaba.
Boabdil huyó despavorido, y se encontró, sin darse razon de cómo, en la funesta cámara de los Leones.
Sobre las señales rojas de la sangre de los abencerrages, á la luz de una lámpara de alabastro, estaba arrodillada una muger vestida con un blanco trage de luto.