El rey reconoció á la sultana Zoraida.
De la boca del rey salió un grito ahogado.
Zoraida levantó la cabeza y vió al rey.
Se levantó lentamente, y dijo al rey estendiendo su brazo de alabastro hácia la sala de Justicia:
—Allí, tus vasallos cobardes, entregan tu corona á los formidables reyes de Castilla. Aquí, la sangre de caballeros inocentes, se levanta hasta el Altísimo clamando contra tí venganza.
Y la sultana se separó del rey y se perdió como un fantasma entre las columnas del patio de los Leones.
El rey cayó anonadado sobre aquella sangre, y lloró.
En efecto, el capitan de caballos, Gonzalo Fernandez de Córdoba, y Hernando de Zafra, secretario de los reyes don Fernando y doña Isabel, que habian entrado secretamente en la Alhambra por un postigo, trataban con los wazires Aben-Comixa, y Abul-Cazin-Abd-el-Melik de la rendicion de Granada.