Al dia siguiente el débil Abú-Abdalláh reunió en consejo á sus wazires, á sus faquíes y á sus kadíes, y les consultó sobre la resolucion que debia adoptarse en tan estrema situacion.
El resultado fué fatal.
Los unos, vendidos al enemigo, los otros temerosos de él, resolvieron la entrega de aquella ciudad, engrandecida por el famoso rey Nazar-Al-Hhamar, fuerte y poderosa hasta Abul-Hacen, y vencida, destronada bajo el débil cetro de Abu-Aba-Allah-el-Zogoibi.
Todos los del consejo se inclinaron á tratar de avenencia con los reyes enemigos, y solo el valiente Muza encontrando aun resistencia y brio en su corazon, dijo que aun era temprano.
Sin embargo, se determinó que el wazir Abul-Cazin-Abd-el-Melik saliese á proponer capitulacion á los cristianos.
Los reyes de Castilla y de Aragon recibieron bien á este noble caballero, y determinaron que Gonzalo Fernandez de Córdoba, Hernando de Zafra y algunos otros de los principales cristianos concertasen la entrega.
Estos caballeros, precedidos del wazir, entraron otra vez en la Alhambra, por una mina entre la torre del Agua y la puerta de Hierro, y encerrados secretamente en la sala de Justicia del patio de los Leones, hicieron las capitulaciones de la entrega de la ciudad.
Cuando al día siguiente el wazir las presentó en el consejo, la palidez del terror se pintó en todos los semblantes; la sultana madre, Aixa-la-Horra, tembló de cólera, y el rey desfallecido, con los ojos preñados de lágrimas, ocultó su dolor entre los brazos de su madre.