Y en medio de aquel espectáculo de desolacion, intenso en el alma el amor de la patria, sereno, aunque pálido, el intrépido y guerrero infante Muza se levantó, y abarcando en una larga y sombría mirada á los que le rodeaban, dijo con acento de la mas fria reconvencion:
—Dejad, señores, ese inútil llanto á los niños y á las delicadas hembras; seamos hombres y tengamos todavía corazon, no para derramar lágrimas, sino hasta la última gota de nuestra sangre; hagamos un esfuerzo de desesperacion, y peleando contra nuestros enemigos, ofrezcamos nuestros pechos á las contrapuestas lanzas.
Muía era un héroe; su voz vibraba inspirada, pujante, entre aquellos hombres, antes tan valientes, y entonces aterrados por el adverso destino.
—Yo estoy pronto á acaudillaros, continuó el infante con energía; para arrostrar con denuedo y corazon valiente la honrosa muerte en el campo de batalla.
Mas quiero que nos cuente la posteridad en el glorioso número de los que murieron por defender su patria, que no en el de los que presenciaron su entrega.
Y si este valor nos falta, oigamos con paciencia y serenidad estas mezquinas condiciones, y bajemos el cuello al duro y perpetuo yugo de envilecida esclavitud.
Veo tan caidos los ánimos del pueblo, que no es posible evitar la pérdida del reino.
Solo queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte; y yo prefiero morir libre, á los males que nos aguardan.
Si pensais que los cristianos serán fieles á lo que os prometen, y que el rey de la conquista será tan generoso vencedor como venturoso enemigo, os engañais.
Están sedientos de nuestra sangre y se hartarán de ella.