Otra clase de gente entre tanto mete ruido en los billares, y pasa las noches empujando las bolas, de lo cual no hablaré, porque este es de todos los públicos el que me parece más tonto.

Ábrese el teatro, y á esta hora creo que voy á salir para siempre de dudas, y conocer de una vez al público por su indulgencia ponderada, su gusto ilustrado, sus fallos respetables. Ésta parece ser su casa, el templo donde emite sus oráculos sin apelación. Represéntase una comedia nueva; una parte del público la aplaude con furor: es sublime, divina; nada se ha hecho mejor de Moratín acá: otra la silba despiadadamente; es una porquería, es un sainete, nada se ha hecho peor desde Comella hasta nuestro tiempo. Uno dice: «Está en prosa, y me gusta solo por eso; las comedias son la imitación de la vida; deben escribirse en prosa». Otro: «Está en prosa y la comedia debe escribirse en verso, porque no es más que una ficción para agradar á los sentidos; las comedias en prosa son cuentecitos caseros, y si muchos las escriben así, es porque no saben versificarlas». Éste grita: «¿Dónde está el verso, la imaginación, la chispa de nuestros antiguos dramáticos? Todo eso es frío, moral insípida, lenguaje helado; el clasicismo es la muerte del genio». Aquel clama: «¡Gracias á Dios que vemos comedias arregladas y morales! La imaginación de nuestros antiguos era desarreglada: ¿qué tenían? Escondidos, tapadas, enredos interminables y monótonos, cuchilladas, graciosos pesados, confusión de clases, de géneros; el romanticismo es la perdición del teatro: sólo puede ser hijo de una imaginación enferma y delirante». Oído esto, vista esta discordancia de pareceres, ¿á qué me canso en nuevas indagaciones? Recuerdo que Latorre tiene un partido considerable, y que Luna sin embargo es también aplaudido sobre esas mismas tablas donde busco un gusto fijo; que en aquella misma escena los detractores de la Lalande arrojaron coronas á la Tossi, y que los apasionados de la Tossi despreciaron, destrozaron á la Lalande, y entonces ya renuncio á mis esperanzas. ¡Dios mío! ¿dónde está ese público tan indulgente, tan ilustrado, tan imparcial, tan justo, tan respetable, eterno dispensador de la fama, de que tanto me han hablado; cuyo fallo es irrecusable, constante, dirigido por un buen gusto invariable, que no conoce más norma ni más leyes que las del sentido común, que tan pocos tienen? Sin duda el público no ha venido al teatro esta noche: acaso no concurre á los espectáculos.

Reúno mis notas, y más confuso que antes acerca del objeto de mis pesquisas, llego á informarme de personas más ilustradas que yo. Un autor silbado me dice cuando le pregunto: ¿quién es el público? «Preguntadme más bien cuántos necios se necesitan para componer un público». Un autor aplaudido me responde: «Es la reunión de personas ilustradas, que deciden en el teatro del mérito de las producciones literarias».

Un escritor cuando le silban dice que el público no le silbó, sino que fué una intriga de sus enemigos, sus envidiosos, y este ciertamente no es el público, pero si le critican los defectos de su comedia aplaudida llama al público en su defensa; el público la ha aplaudido; el público no puede ser injusto; luego es buena su comedia.

Un periodista presume que el público está reducido á sus suscritores, y en este caso no es grande el público de los periodistas españoles. Un abogado cree que el público se compone de sus clientes. Á un médico se le figura que no hay más público que sus enfermos, y gracias á su ciencia este público se disminuye todos los días; y así de los demás: de modo que concluyo la noche sin que nadie me dé una razón exacta de lo que busco.

¿Será el público el que compra la Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, y las poesías de Salas, ó el que deja en la librería las Vidas de los Españoles célebres y la traducción de la Ilíada? ¿El que se da de cachetes por coger billetes para oir á una cantatriz pinturera, ó el que los revende? ¿El que en las épocas tumultuosas quema, asesina y arrastra, ó el que en tiempos pacíficos sufre y adula?

Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda, ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y con la justicia? ¿Será la que condena á vilipendio eterno al hombre juicioso que rehusa salir al campo á verter su sangre por el capricho ó la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? ¿Será la que en el teatro y en la sociedad se mofa de los acreedores en obsequio de los tramposos, y marca con oprobio la existencia y el nombre del marido que tiene la desgracia de tener una loca ú otra cosa peor por mujer? ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor ó de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?

¿En qué consiste, pues, que para granjear la opinión de ese público se quema las cejas toda su vida sobre su bufete el estudioso é infatigable escritor, y pasa sus días manoteando y gesticulando el actor incansable? ¿En qué consiste que se expone á la muerte por merecer sus elogios el militar arrojado? ¿En qué se fundan tantos sacrificios que se hacen por la fama que de él se espera? Sólo concibo, y me explico perfectamente el trabajo, el estudio que se emplean en sacarle los cuartos.

Llega empero la hora de acostarse, y me retiro á coordinar mis notas del día: léolas de nuevo, reúno mis ideas, y de mis observaciones concluyo:

En primer lugar, que el público es el pretexto, el tapador de los fines particulares de cada uno. El escritor dice que emborrona papel, y saca el dinero al público por su bien y lleno de respeto hacia él. El médico cobra sus curas equivocadas, y el abogado sus pleitos perdidos por el bien del público. El juez sentencia equivocadamente al inocente por el bien del público. El sastre, el librero, el impresor, cortan, imprimen y roban por el mismo motivo; y en fin, hasta el... ¿Pero á qué me canso? Yo mismo habré de confesar que escribo para el público, so pena de tener que confesar que escribo para mí.