Salgo á paseo y ya en materia de paseos me parece difícil decidir acerca del gusto del público, porque si bien un concurso numeroso, lleno de pretensiones, obstruye las calles y el salón del Prado, ó pasea á lo largo del Retiro, otro más llano visita la casa de las fieras, se dirige hacia el río, ó da la vuelta á la población por las rondas. No sé cuál es el mejor, pero sí escribo: «Un público sale por la tarde á ver y ser visto; á seguir sus intrigas amorosas ya empezadas, ó enredar otras nuevas; á hacer el importante junto á los coches; á darse pisotones, y á ahogarse en polvo; otro público sale á distraerse, otro á pasearse, sin contar con otro no menos interesante que asiste á las novenas y cuarenta horas, y con otro no menos ilustrado atendidos los carteles, que concurre al teatro, á los novillos, al fantasmagórico Mantillo y al Circo olímpico».
Pero ya bajan las sombras de los altos montes, y precipitándose sobre estos paseos heterogéneos arrojan de ellos á la gente; yo me retiro el primero, huyendo del público que va en coche ó á caballo, que es el más peligroso de todos los públicos; y como mi observación hace falta en otra parte, me apresuro á examinar el gusto del público en materia de cafés. Reparo con singular extrañeza que el público tiene gustos infundados; le veo llenar los más feos, los más oscuros y estrechos, los peores, y reconozco á mi público de las fondas. ¿Por qué se apiña en el reducido, puerco y opaco café del Príncipe, y el mal servido de Venecia, y ha dejado arruinarse el espacioso y magnífico de Santa Catalina, y anteriormente el lindo del Tívoli, acaso mejor situados? De aquí infiero que el público es caprichoso.
Empero aquí un momento de observación. En esta mesa cuatro militares disputan, como si pelearan, acerca del mérito de Montes y de León, del volapié y del pasatoro; ninguno sabe de tauromaquia; sin embargo se van á matar, se desafían, se matan en efecto por defender su opinión, que en rigor no lo es.
En otra cuatro leguleyos que no entienden de poesía se arrojan á la cara en forma de alegatos y pedimentos mil dicterios disputando acerca del género clásico y del romántico, del verso antiguo y de la prosa moderna.
Aquí cuatro poetas que no han saludado el diapasón se disparan mil epigramas envenenados, ilustrando el punto poco tratado de la diferencia de la Tossi y de la Lalande, y no se tiran las sillas por respeto al sagrado del café.
Allí cuatro viejos en quienes se ha agotado la fuente del sentimiento, avaros, digámoslo así, de su época, convienen en que los jóvenes del día están perdidos, opinan que no saben sentir como se sentía en su tiempo, y echan abajo sus ensayos, sin haberlos querido leer siquiera.
Acullá un periodista sin período, y otro periodista con períodos interminables, que no aciertan á escribir artículos que se vendan, convienen en la manera indisputable de redactar un papel que llene con su fama sus gavetas y en la importancia de los resultados que tal ó cual artículo, tal ó cual vindicación debe tener en el mundo que no los lee.
Y en todas partes muchos majaderos, que no entienden de nada, disputan de todo.
Todo lo veo, todo lo escucho, y apunto con mi sonrisa, propia de un pobre hombre, y con perdón de mi examinando: «El ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende».
Salgo del café, recorro las calles, y no puedo menos de entrar en las hosterías y otras casas públicas; un concurso crecido de parroquianos de domingo las alborota merendando ó bebiendo, y las conmueve con su bulliciosa algazara; todas están llenas: en todas el Yepes y el Valdepeñas mueven las lenguas de la concurrencia, como el aire la veleta, y como el agua la piedra del molino; ya los densos vapores de Baco comienzan á subirse á la cabeza del público, que no se entiende á sí mismo. Casi voy á escribir en mi libro de memorias: «El respetable público se emborracha;» pero felizmente rómpese la punta de mi lápiz en tan mala coyuntura, y no siendo aquel lugar propio para afilarlo, quédase in pectore mi observación y mi habladuría.