REVISTA SATÍRICA DE COSTUMBRES, ETC., ETC.
POR EL BACHILLER
DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA
¿QUIÉN ES EL PÚBLICO
Y DÓNDE SE LE ENCUENTRA?
(Artículo robado)
El doctor tú te le pones,
El Montalván no le tienes,
Con que quitándote el don
Vienes á quedar Juan Pérez.
Epigrama antiguo contra el doctor
don Juan Pérez de Montalván
Yo vengo á ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz, un pobrecillo, como ya se echará de ver en mis escritos; no tengo más defecto, ó llámese sobra si se quiere, que hablar mucho, las más veces sin que nadie me pregunte mi opinión; váyase porque otros tienen el no hablar nada, aunque se les pregunte la suya. Entremétome en todas partes como un pobrecito, y formo mi opinión y la digo, venga ó no al caso, como un pobrecito. Dada esta primera idea de mi carácter pueril é inocentón, nadie extrañará que me halle hoy en mi bufete con gana de hablar, y sin saber qué decir; empeñado en escribir para el público, y sin saber quién es el público. Esta idea, pues, que me ocurre al sentir tal comezón de escribir será el objeto de mi primer artículo. Efectivamente antes de dedicarle nuestras vigilias y tareas quisiéramos saber con quién nos las habemos.
Esa voz público que todos traen en boca, siempre en apoyo de sus opiniones, ese comodín de todos los partidos, de todos los pareceres, ¿es una palabra vacía de sentido, ó es un ente real y efectivo? Según lo mucho que se habla de él, según el papelón que hace en el mundo, según los epítetos que se le prodigan y las consideraciones que se le guardan, parece que debe de ser alguien. El público es ilustrado, el público es indulgente, el público es imparcial, el público es respetable: no hay duda, pues, en que existe el público. En este supuesto, ¿quién es el público y dónde se le encuentra?
Sálgome de casa con mi cara infantil y bobalicona á buscar al público por esas calles, á observarle, y á tomar apuntaciones en mi registro acerca del carácter, por mejor decir, de los caracteres distintivos de ese respetable señor. Paréceme á primera vista, según el sentido en que se usa generalmente esta palabra, que tengo de encontrarle en los días y parajes en que suele reunirse más gente. Elijo un domingo, y donde quiera que veo un número grande de personas llámolo público á imitación de los demás. Este día un sinnúmero de oficinistas y de gentes ocupadas ó no ocupadas el resto de la semana, se afeita, se muda, se viste y se perfila, veo que á primera hora llena las iglesias, la mayor parte por ver y ser visto; observa á la salida las caras interesantes, los talles esbeltos, los pies delicados de las bellezas devotas, las hace señas, las sigue, y reparo que á segunda hora va de casa en casa haciendo una infinidad de visitas; aquí deja un cartoncito con su nombre cuando los visitados no están ó no quieren estar en casa; allí entra, habla del tiempo que no interesa, de la ópera que no entiende, etc. Y escribo en mi libro: «El público oye misa, el público coquetea (permítase la expresión mientras no tengamos otra mejor), el público hace visitas, la mayor parte inútiles, recorriendo casas, adonde va sin objeto, de donde sale sin motivo, donde por lo regular ni es esperado antes de ir, ni es echado de menos después de salir; y el público en consecuencia (sea dicho con perdón suyo) pierde el tiempo, y se ocupa en futesas:» idea que confirmo al pasar por la Puerta del Sol.
Éntrome á comer en una fonda, y no sé por qué me encuentro llenas las mesas de un concurso que, juzgando por las facultades que parece tener para comer de fonda, tendrá probablemente en su casa una comida sabrosa, limpia, bien servida, etc., y me lo hallo comiendo voluntariamente, y con el mayor placer, apiñado en un local incómodo (hablo de cualquier fonda de Madrid), obstruido, mal decorado, en mesas estrechas, sobre manteles comunes á todos, limpiándose las babas con las del que comió media hora antes en servilletas sucias sobre toscas, servidas diez, doce, veinte mesas, en cada una de las cuales comen cuatro, seis, ocho personas, por uno ó solos dos mozos mugrientos, mal encarados y con el menor agrado posible: repitiendo este día los mismos platos, los mismos guisos del pasado, del anterior y de toda la vida; siempre puercos, siempre mal aderezados; sin poder hablar libremente por respetos al vecino; bebiendo vino, ó por mejor decir agua teñida ó cocimiento de campeche abominable. Digo para mi capote: «¿Qué alicientes traen al público á comer en las fondas de Madrid?». Y me contesto: «El público gusta de comer mal, de beber peor, y aborrece el agrado, el aseo y la hermosura del local».