Bendito sea Dios, Andrés, bendito sea Dios, que se ha servido con su alta misericordia aclararnos un poco las ideas en este particular. De estas poderosas razones trae su origen el no estudiar, del no estudiar nace el no saber, y del no saber es escuela indispensable ese hastío y ese tedio que á los libros tenemos, que tanto redunda en honra y provecho, y sobre todo en descanso de la patria.
«¿Pues no da lástima, me decía otro batueco días atrás, ver la confusión de papeles que se cruzan y se atropellan por todas partes en esos países cultos que se llaman? ¡Válgame Dios! ¡qué flujo de hablar y qué caos de palabras, y qué plaga de papeles, y qué turbión de libros, que ni el entendimiento barrunta cómo hay plumas que los escriban, ni números que los cuenten, ni oficinas que los impriman, ni paciencia que los lea! ¿Y con aquello se han de mantener un sinnúmero de hombres, sin más oficio ni beneficio que el de literatos? Y dale con las ciencias y dale con las artes, y vuelta con los adelantos y torna con los descubrimientos. ¡Oh siglo gárrulo y lenguaraz! ¡Mire usted qué mina han descubierto!».
¡Qué de ventajas, Andrés, llevamos en esto á los demás! Muérense miserables aquí los autores malos, y digo malos, porque buenos no los hay[1]; y lo que es mejor, lo mismo se han muerto los buenos, cuando los ha habido, y volverán á morirse cuando los vuelva á haber; ni aquí se enriquecen los ingenios pobres con la lectura de los discretos ricos, ni tienen aquí más vanidad fundada que la que siempre traen en el estómago, pues por no hacerlos orgullosos nadie los alaba, ni les da que comer. ¡Oh idea cristiana! Ni aquí prospera nadie con las letras, ni se cruzan los libros y periódicos en continua batalla; aquí las comedias buenas no se representan sino muy de tarde en tarde, sin otra razón que porque no las hay á menudo, y las malas ni se silban, ni se pagan por miedo de que se lleguen á hacer buenas todos los días. Aquí somos tan bien criados, y tanto gustamos de ejercer la hospitalidad, que vaciamos el oro de nuestros bolsillos para los extranjeros. ¡Oh desinterés! Aquí se trata mal á los actores medianos, y peor á los mejores por no ensoberbecerlos. ¡Oh deseo de humildad! No se les da siquiera precio por no ahitarlos. ¡Oh caridad! Y á la par se exige de ellos que sean buenos. ¡Oh indulgencia! No es aquí, en fin, profesión el escribir, ni afición el leer; ambas cosas son pasatiempo de gente vaga y mal entretenida; que no puede ser hombre de provecho quien no es por lo menos tonto y mayorazgo.
¡Oh tiempo y edad venturosa! No paséis nunca, ni tengan nunca las letras más amparo[2], ni se hagan jamás comedias, ni se impriman papeles, ni libros se publiquen, ni lea nadie, ni escriba desde que salga de la escuela.
Que si me dices, Andrés, que se escribe y se lee, por los muchos carteles que por todas partes ves, diréte que me saques tres libros buenos del país y del día, y de lo demás no hagas caso, que no es más ni mejor el agua de una cascada por mucho estruendo que meta, ni eso es otra cosa que el espantoso ruido de los famosos batanes del hidalgo manchego; después de visto, un poco de agua sucia; ni escribe, en fin, todavía quien sólo escribe palotes.
Así que, cuando la anterior proposición senté, no quise decir que no se escribiese, sino que no se escriba bien, ni que no fuese el de emborronar papel el pecado del día, pecado que no quiera Dios perdonarle nunca, ni quiero yo negar la triste verdad de que no hay día que algún libro malo no se publique, antes lo confieso, y de ello y de ellos me pesa y tengo verdadero dolor, como si los compusiera yo. Pero todo ese atarugamiento y prisa de libros reducido está, como sabemos, á un centón de novelitas fúnebres y melancólicas, y de ninguna manera arguye la existencia de una literatura nacional que no puede suponerse siquiera donde la mayor parte de lo que se publica, sino el todo, es traducido, y no escribe el que sólo traduce, bien como no dibuja quien estarce y pasa el dibujo ajeno á otro papel al trasluz de un cristal. Lo cual es tan verdad, que no me dejaría mentir ni decir cosa en contrario todo ese enjambre de autorzuelos, á quienes pudiéramos aplicar los tercetos del Rey de Artieda:
Como las gotas que en verano llueven,
Con el ardor del sol, dando en el suelo,
Se convierten en ranas y se mueven;
Con el calor del gran señor de Delo
Se levantan del polvo poetillas
Con tanta habilidad, que es un consuelo.
Y más que me cuentes entre ellos, y por tanto me reconvengas, pues si me preguntas por qué me entremeto yo también en embadurnar papel, sin saber más que otros, te recordaré aquello de «donde quiera que fueres, haz lo que vieres». Así, si fuese á país de cojos, pierna de palo me pondría; y ya que en país de autorcillos y traductores he nacido y vivo, autorcillo y traductor quiero y debo, y no puedo menos de ser, pues ni es justo singularizarme, y que me señalen con el dedo por las calles, ni depende además del libre albedrío de cada uno el contagiarse en una epidemia general. Ni á nadie hagas cargos tampoco por lo de traductor, pues es forzoso que se eche muletas para ayudarse á andar quien nace sin pies, ó los trae trabados desde el nacer.
Y si me añades que no puede ser de ventaja alguna el ir atrasados con respecto á los demás, te diré que lo que no se conoce no se desea ni echa menos: así suele el que va atrasado creer que va adelantado, que tal es el orgullo de los hombres, que nos pone á todos una venda en los ojos para que no veamos ni sepamos por donde vamos, y te citaré á este propósito el caso de una buena vieja que en un pueblo, que no quiero nombrarte, ha de vivir todavía, la cual vieja era de estas muy leídas de los lugares; estaba suscrita á la Gaceta, y la había de leer siempre desde la real orden hasta el último partido vacante, de seguida, y sin pasar nunca á otra sin haber primero dado fin de la anterior. Y es el caso que vivía y leía la vieja (al uso del país) tan despacio y con tal sorna, que habiéndose ido atrasando en la lectura, se hallaba el año 29, que fué cuando yo la conocí, en las Gacetas del año 23, y nada más; hube de ir un día á visitarla, y preguntándola qué nuevas tenía al entrar en su cuarto, no pudo dejarme concluir, antes arrojándose en mis brazos con el mayor alborozo y soltando la Gaceta que en la mano á la sazón tenía: «Ay, señor de mi alma, me gritaba con voz mal articulada y ahogada en lágrimas y sollozos, hijos de su contento, ¡ay, señor de mi alma! ¡Bendito sea Dios! que ya vienen los franceses, y que dentro de poco nos han de quitar esa pícara constitución, que no es más que un desorden y una anarquía!». Y saltaba de gozo, y dábase palmadas repetidas; esto en el año 29, que me dejó pasmado de ver cuán de ilusión vivimos en este mundo, y que tanto da ir atrasado como adelantado, siempre que nada veamos, ni queramos ver por delante de nosotros.
Más te dijera, Andrés, en el particular si más voluntad tuviese yo de meterme en mayores honduras; empero sólo me limitaré á decirte para concluir que no sabemos lo que tenemos con nuestra feliz ignorancia, porque el vano deseo de saber induce á los hombres á la soberbia, que es uno de los siete pecados mortales, por el plano resbaladizo de nuestro amor propio; de este feo pecado nació, como sabes, en otros tiempos la ruina de Babel, con el castigo de los hombres y la confusión de las lenguas, y la caída asimismo de aquellos fieros titanes, gigantazos descomunales, que por igual soberbia escalaron también el cielo, sea esto dicho para confundir la historia sagrada con la profana, que es otra ventaja de que gozamos los ignorantes, que todo lo hacemos igual.