—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.
—Y bien. ¿Queréis que me ría en vuestra cara de esa locura? ¿no os enojáis ahora porque?... yo creí que teníais muy sabido...
—Sí, sabido, sí, ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!
—En buen hora. ¿Queríais que esa mujer, cuyas perfecciones adoráis?...
—Entiendo, entiendo.
—Sed más confiado, señor, y menos impaciente.
—Vos mismo la hubierais apreciado en menos, y eso las mujeres lo saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que no encontrarían si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que realmente lo son?
—Sí, pero no confundáis á Elvira con...
—En buen hora, doncel. Si os habéis prendado de un ángel, id á consultar ángeles: yo sólo conozco el corazón humano.
—Judío, ¿y qué me aconsejáis?