—¿Necesitáis consejos después de lo que os he dicho?

—¿Es posible? Ah, padre mío, no me hagáis entrever la felicidad para arrancármela después más amargamente de entre las manos. Si mi constelación...

—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frío en el invierno, y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el corazón de enero, ¿no hubierais de sudar?

—¡Cierto!

—Andad, pues, y venced, si podéis, vuestra constelación. Ella se os anunció funesta. Hacedla vos venturosa.

—Explicaos más claro, padre mío... ved que...

—Doncel, os he dado cuantas explicaciones puedo daros. Recapitulad mis palabras, y partid. Sólo os añadiré, y ved que no os hablo más en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por más que muchos que peleen no venzan. Vuestra constelación es funesta; en vuestra mano está sin embargo vencerla. Confianza y audacia. Á Dios.

—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías; ¡santo Dios! ¿será mía? ¿será mía alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emoción y de la alegría que henchía su corazón, surcaron sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios podían ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vió más que á Elvira en el mundo, y desde entonces pudiera haber conocido quien hubiera leído en su corazón que Elvira ó la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasión quedaba.


CAPÍTULO XXVII