Sin olvidar aquello de decoro,
Y de la Iberia sol, luciente estrella,
Y puebla en viento y su cantar sonoro;
Tal confusión atarugando en ella,
De contento, de gloria, de esperanza,
De aurora, de horizonte y de centella,
De dicha y de ventura y bienandanza,
Del Iris de la paz, de corazones,
De discordia apagada y de venganza;
Que no habrá quien entienda dos renglones,
Si antes, para espantar al diablo oscuro,
Diez conjuros no le echa y bendiciones.
¿Yo he de hacer un soneto, estruendo puro?
¿Yo he de alabar en versos de hojarasca
Al soberano, Andrés? No; te lo Juro.
No haya función, si quieren, sin tarasca;
Mas sé alabar yo poco: soy sincero.
La lisonja en las fauces se me estaca.
No porque al rey ¡pardiez! no amo y venero;
Me estimo ¡vive Dios! tan buen vasallo
Como cualquier poeta chapucero.
Mas no mis fuerzas suficientes hallo,
Y para no aturdirle con sandeces,
Le amo en silencio, le respeto y callo.
Pero si alguna, en fin, de tantas veces
Le hubiere de ensalzar, echando afuera
Sesquipedales voces y vejeces,
Ya que indigna y humilde no creyera
De tan excelso honor el arpa mía,
«Buen rey, en versos claros le dijera;