Tú eternos monumentos, reverente
Y justo, á Temis erigiste[11]. El oro
Tú al seno de la patria nuevamente
Le arrancas[12]; que la América el tesoro
No rinde á la metrópoli en tributo,
Triste ocasión de nuestra afrenta y lloro.
En llanto apenas del colono enjuto,
Pueblos enteros á tu impulso nacen,
Que en gozo truecan el dolor y el luto[13].
La honra perdida y crédito renacen[14];
No hay para ti costoso sacrificio,
Que á tu voz los estorbos se deshacen.
Para siempre aniquilas el suplicio
Que holló la noble dignidad del hombre[15].
Cada aurora un reciente beneficio
Viene en los pechos á grabar tu nombre.
¿Quién los dirá?... ¡En sus páginas la historia
Quizá á tus hijos con su cuento asombre!
Esto es mejor, buen rey, que una victoria.
¡Plegue al cielo, Señor, de tu reinado
Hacer eterna la naciente gloria!».
Esto entre tanto vate adocenado
Ni uno jamás le dijo. Así le hablara,
Si mi numen á tanto fuera osado.
Que es mi alabanza, cuanto justa, clara,
Sin enturbiar las ondas del Pactolo,
Ni el curso blando de la fuente avara,
Sin llamar en mi auxilio al rubio Apolo,
Ni andarme por los cielos tras las musas,
Para decir verdades basto solo.