Vengas ó no vengas, lo que debes hacer es callar; supuesto que el mundo ha de ir siempre como va, haz lo que todos, y de lo que sabes saca partido, si es que no quieres olvidarlo, lo cual sería más seguro. Cuando las cosas no tienen remedio, la habilidad consiste en convertirlas como son en provecho de uno. Déjate, pues, ya de habladurías, que te han de costar la vida, ó la lengua; imítame á mí, y escribe sólo de aquí en adelante cartas simples y serias de familia, como ésta, donde cuentes hechos, sin reflexiones, comentarios ni moralejas, y en las cuales nadie pueda encontrar una palabra maliciosa, ni un reproche que echarte en cara, sino la sencilla relación de las cosas que natural y diariamente en las Batuecas acontecen; ó lo que sería mejor, ni aún eso escribas, que para que esta habilidad no se te olvide, bastará que pongas semanalmente la cuenta de la lavandera.
Andrés Niporesas
Nota. De aquí para adelante el editor no sabe más qué ha sido de los escritos del Bachiller ni de su correspondencia con Andrés Niporesas: sólo se sabe que, como de los fragmentos de esta carta se puede barruntar, se había puesto el Pobrecito en camino para la corte de las Batuecas, y, como se infiere, Andrés seguía en Madrid. Que á poco el Bachiller murió, lo cual se supo por los últimos partes telegráficos. El editor aguarda los más recientes pormenores para darlos al público, como lo espera hacer en el número 14 de esta colección, que será la muerte del Pobrecito Hablador. Sólo se han hallado entre papeles viejos algunos fragmentos, como en dicho número se dirá, los cuales no se sabe si con el tiempo podrán ver la luz pública.
MUERTE
DEL
POBRECITO HABLADOR
ESCRÍBELA PARA EL PÚBLICO ANDRÉS NIPORESAS, SU CORRESPONSAL
Habló lo que tenía que hablar, y expiró.
Pág. 176 de este tomo 1.º
¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿Qué se hicieron?
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Mas como fuese mortal,
Metiólo la muerte luego
En su fragua:
¡Oh juicio divinal!
Cuando más ardía el fuego
Echaste agua.
Jorge Manrique
¡Oh fragilidad de las cosas humanas! ¿Será cierto? El fuerte, el terrible cayó. ¡No existe ya el Pobrecito Hablador! ¿Pero qué mucho? Caen y pasan los imperios, ¡y no habrán de caer y pasar los habladores! Los Asirios cayeron; los Babilonios hicieron lugar á los Persas; los Persas sucumbieron á los Griegos; los Griegos se refundieron en los Romanos. Roma humilló su altiva frente á las hordas del Norte, y á los bárbaros sus águilas imperantes... todo pasó: el recuerdo de su soberbia existe sólo para hacer más humillante su caída. ¿Qué le prestó á la colonia de Dido su mala fe? ¿Qué le prestaron sus ciencias á la ciudad de Minerva? ¿Qué á la corte de Zenobia sus altos monumentos? ¿Qué á la capital del mundo su severidad republicana ni sus fuertes muros? Todo lo destruyó el tiempo. ¿Y no podrá destruir á un hablador?