Entre lágrimas y congojas escribo estos tristes renglones que acaso la posteridad leerá; pero por si la posteridad no los leyese, porque de la posteridad no se sabe cosa cierta, léanlos á lo menos nuestros coetáneos.
Un pañuelo en la mano, apoyada en esta la mejilla, mis cabellos esparcidos, los ojos anegados en lágrimas, las huellas del dolor sobre mi frente... Heme aquí, discípulo de Apeles; pinto mi desesperación si alcanzan tus pinceles á pintar el mayor dolor que un mortal y que un Andrés han alcanzado jamás á padecer.
Tregua por fin á los sollozos: corra mi pluma sobre el papel; selle con caracteres de tinta y consigne en la eternidad tan funesto acontecimiento.
No ha dos horas aún esperaba el correo... la alegría brillaba en mis ojos. ¡Noticias de las Batuecas! exclamaba. ¡Cuánto se engaña el hombre! Llega un propio acelerado; mi mano trémula se resiste á romper el negro lema... y... ¡Qué horror! El Bachiller... ¡ha muerto! ¿Alguna alevosa pulmonía? No; no era un soplo de aire quien había de matar á un hablador. ¿Una apoplejía fulminante? ¡Ah! Un pobrecito no muere de apoplejía. ¿Murió de tener razón? ¿Murió de la verdad? ¿Murió de alguna paliza? Pero ¡ay! era su estrella dar palos y no recibirlos. ¿Dió con alguno más hablador que él? ¿Murió de algún tragantón de palabras?
No más dudas, en fin: recorro con la vista el pliego funesto, y la siguiente carta del infeliz escribiente del Pobrecito Hablador desenvuelve á mis ojos las horribles circunstancias de tan espantosa catástrofe:
«Señor don Andrés Niporesas. Aunque á riesgo de que usted no me crea, pues sé de muy buena tinta que no cree en cosa nacida ni por nacer, en lo cual hace como aquel que es experimentado y sabe cuanto viven los hombres de mentira, no dudo un momento en participarle la desgracia que en el día y aun en la noche tiene hecha un mar de lágrimas esta su casa y, lo que vale más, gran parte ya de las Batuecas.
»Bien sabe usted, y lo sabe mejor que nadie, que mi principal el señor Bachiller, que Dios haya perdonado, dió en hablar por los codos, y valga lo que valga esta frasecilla. No fueron parte, como usted sabe, á atarle la lengua, ni los respetos debidos á los necios en todo país poco menos que civilizado, ni las consideraciones que la sinrazón merece más de una vez entre nosotros, ni los gritos de su familia que los poníamos en el cielo suplicándole que no se metiese en habladurías, para lo cual le acumulábamos un sinfín de refranes, como verbi gracia: al buen callar llaman Sancho; cada uno en su casa, y Dios en la de todos; por la boca muere el pez; y otros tales y tan significativos como éstos; ya conoce usted que á mí sobre todo no me faltarían, porque soy de nacimiento castellano y de profesión batueco; pero á todo hacía mi amo orejas de mercader, ó respondía de una manera victoriosa: en cuanto al primero, que él no quería ser Sancho; en lo de cada uno en su casa, ni estaba decidido si él la tenía, ni si él era cada uno; en cuanto á lo de Dios por su casa, mucho le amaba en verdad... Y en lo de que el pez muere por la boca, añadía que tanto tenía él de pez, como los batuecos de personas. Así no había entrarle. Ya ve usted que un hombre para quien no tenían autoridad los refranes, que tienen toda la legitimidad de la antigüedad, es hombre desahuciado. Había de hablar y habló.
«Y no fué lo peor que hablase, señor don Andrés, porque al fin si siempre hubiera hablado á cien leguas de sus interlocutores como en un principio le acontecía, ¡santo y bueno! que hay cosas que ó no se deben decir ó se deben decir desde muy lejos... Pero ¡ay de mí! el señor Bachiller la quiso echar de fanfarrón: supo que en las Batuecas no todos le agradecían los elogios que de ellos hacía y había hecho continuamente, porque cuatro lectores de mala fe le daban tormento á las expresiones y exprimían el limón hasta sacar lo amargo. ¡Vea usted qué injusticia! Bien sabe Dios, y lo sé yo también por más señas, que nunca fué la intención del señor Bachiller hablar mal de su país. ¡Jesús! ¡Dios nos libre! Antes queríalo como un padre á su hijo; bien se echa de ver que este cariño no es incompatible con cuatro zurras más ó menos al cabo del año. Además de ser él persona muy bien intencionada, de una pasta admirable y ajena de toda malicia, tanto que todo lo que decía lo decía de buena fe y como lo sentía. Ni él quisiera ofender á nadie, porque amaba á su prójimo poco menos que á sí mismo, y toda la dificultad solía ponerla en saber cuál era su prójimo, porque ha de saber usted que no todos se lo parecían. Fué, pues, el caso, y tenga usted paciencia con mis digresiones, porque yo nunca acerté á escribir de otra manera, antes suelo distraerme y salirme del camino como bestia hambrienta para meterme por los sembrados de las laderas y ver si cojo alguna espiga; así llevando viaje para Alcalá suelo salir junto á Zaragoza, y como de esas veces me anochece en Huete y salgo á la mañana por los cerros de Úbeda: digo, pues, fué el caso que supo mi señor las habladurías que de su persona andaban, y como se corría en las Batuecas que después de tanto como había hablado y tan malo no le sería posible dar la vuelta para allá, aunque quisiera, puesto que tendría miedo. Miedo, decía cuando lo supo. ¡Voto á tal! que nunca le vi la cara al miedo, y tengo de ir á las Batuecas sólo por ver si comen bachilleres esos señores tragaldabas.—¡Ay! no haga usted, señor Bachiller, tal disparate, le dijimos á una voz: mire que aunque tuviera miedo á los tontos no haría nada de más, porque no hay nada más terrible que un tonto. Pero, señor don Andrés Niporesas, dió en pensar en ello, y se pasaba los días de claro en claro, y las noches de turbio en turbio, dando y tomando en lo del viaje, hasta que hubo de efectuarlo. Fuímonos, señor de mi alma, á las Batuecas... Sosiéguese usted, porque nada le aconteció por entonces que digno de contar sea.
«Llegó por fin un viernes, que viernes había de ser él para ser bueno, y fué preciso meter entre sábanas al señor Bachiller, Q. S. G. H. Sintiéndose allí morir por momentos, no quiso espirar sin practicar todas aquellas diligencias que á su conciencia debía como buen cristiano, porque ha de saber usted que bueno no diré, pero cristiano sí sé que era. Practicadas estas diligencias, para las cuales le dejamos largo rato solo y recogido, llamónos á todos, y luego que nos tuvo en derredor: