Como te referí, cerráronse los Estamentos y quedamos á buenas noches. La primera novedad que dió que hablar en aquellos días fué, que, según pareció después, le quedaba algo que decir al señor Perpiñá. ¿Y qué dirás que hizo? va, coge, y cree que tenemos libertad de imprenta: el buen señor es por lo visto incapaz de pensar mal de nadie, y como de cierto tiempo á esta parte no ha habido ministro que no se haya proclamado abogado de la libertad de imprenta, aunque por el estilo del marido que delante de gentes animaba á su mujer á comer de los pichones, y en quedando solos le decía enseñándole un garrote ¡ay si los catas! hubo de imaginar que entre nosotros pensar y decir era todo uno; más breve: creyó que para hablar le bastaba tener licencias de Dios, y que por tanto no necesitaba la del gobernador civil. Al revés me las calcé. Excusable es el señor ex-procurador, porque hace tanto tiempo que nos están diciendo que somos libres, que á veces uno mismo se lo llega á creer. Echa mano de un folleto, desparrama en él sus ideas como quien siembra, y tiéndese á esperar la cosecha. ¿Pero qué dirás que cogió? Él, nada. La autoridad fué la que cogió los folletos.
Eso sí, al día siguiente la autoridad nos probó en un artículo comunicado que los folletos se podían coger: ya lo sabíamos, y si no, se lo hubiéramos podido preguntar al autor. Seamos con todo imparciales. El gobierno añadió que nosotros no ignoramos que para publicar un papel, sea cual fuere su tamaño, se necesita licencia.
¡Y cómo si lo sabemos! Pluguiera al cielo que nos fuese dado ignorarlo. Es como si te pusieras en camino y te asaltasen ladrones, y te quejases, y te respondiese el ladrón:—¿Pues no sabe que hay ladrones? y repusieras tú:—¡Cómo no debiera haberlos!—y te tornasen á replicar:—¡Pero cómo los hay!—que sería el cuento de nunca acabar y de tener razón el ladrón, es decir, el más fuerte.
Sólo en una cosa me divirtió el gobierno: en decir que sentía como el que más que así sucediese; eso prueba que estaba de buen humor, señal de que la cosa iba bien. Es la del verdugo, que te pide perdón antes de ahorcarte; si fuese siquiera después probara arrepentimiento. Yo le diría: «¿Y quién le pone á vuestra señoría un puñal al pecho para que sea verdugo, si el oficio no le agrada?»
Lo peor del caso fué que el folleto no tenía más cosa buena que el ser corto; mas como tuvo los honores de la persecución, vino á leerlo todo el mundo; perjuicio para el gobierno, que lo había recogido; más perjuicio aún para el autor, que lo había escrito, y á quien la autoridad logró desacreditar, dando á su producción la mejor especie de publicidad; y mayor que para nadie para el público, que tuvo que echárselo á pechos en aquellos días en que no se hablaba de otra cosa.
Punto en el folleto, que es cosa antigua. Á pocos días ocurrió otra friolera, si en estos tiempos es lícito llamar friolera á la cantidad de dos mil reales. Giró el lance sobre la misma libertad de imprenta, sobre si un párrafo del español tenía al pie un garabato ó si no lo tenía, sobre si se había invertido el orden, y si lo había leído el censor antes que el público ó el público antes que el censor. Pareció no haberlo leído en su vida el censor: se consultó el libro de los oráculos, por apodo reglamento, y éste respondió en términos bastante claros:
Y para casos tales,
Que pague el editor dos mil reales.
Figúrate qué golpe para el gobierno, y más lloviendo sobre mojado. ¡Él que como arriba dejamos dicho siente tanto estas cosas! Éstos son golpes, amigo, que acaban con un gobierno sensible; así es que yo lo veo y no lo veo.
Á mí me da qué hacer la libertad de imprenta: yo soy el único á quien da qué hacer, pero en fin me da. Habla la reina, y se hace lenguas de la libertad de imprenta; hablan los ministros, y para ellos no hay altar donde ponerla; hablan también (esto no es pulla) los próceres, y convienen en que es la base; abren la boca los procuradores, y procuran por ella como por las niñas de sus ojos; hablan los periódicos, y hártanla de piropos. Y hablo yo y digo, como don Basilio en la ópera de mi tocayo: «¿Á quién engañamos pues aquí?», ¿quién diantres impide que la establezcan? Alguno hay que habla de mala fe, y deben de ser el pueblo, los Estamentos y los periódicos, porque en cuanto al gobierno, ¿cómo dudar de él, cáspita, siendo tan patriota?
Me podrás decir que á pesar de cuanto llevo escrito hay libertad de imprenta, sólo que está cara, como bocado delicado que es. Cierto; por dos mil reales te puedes dar un hartazgo; por cuatro mil dos hartazgos, y así progresivamente hasta la cantidad de tres hartazgos, porque en llegando á ese número simbólico, como le llama Dupuis, mueres de un causón. Yo pienso usar de ese medio, y darme algún día hasta dos: los primeros doscientos duros que yo vea reunidos, los tengo ya destinados á un día de asueto. Es lo malo que si me recogen antes de que me lean, habré pagado caro el placer de un monólogo escrito; pero siempre me queda el recurso de aprenderlo antes de coro, y de irlo diciendo á mis amigos, los cuales son tantos que vendrá á ser como imprimirlo. Por fortuna no está previsto en el reglamento el caso de que uno se sirva de imprenta á sí mismo. Sólo me detendría el temor de causar una desazón al gobierno, quien al tomar los ejemplares y los cuatrocientos, bien sé yo que se le había de caer la lágrima tan gorda.