De lo que puedes vivir seguro es de que esas multas no se aplican á pago de censores; seis meses hace que están los pobrecitos echando rúbricas día y noche como en barbecho en cuanto papel les cae debajo, sin ver la cara de un rey en una mala moneda: eso parte el corazón. Digo, si fuese gente interesada como muchos creen; vale Dios que no necesitan ellos que nadie les dé un maravedí por atajar el paso á la licencia. Hombre hay que con tan buen fin daría dinero encima de lo suyo, si censor ó no censor hubiera aquí hombre que lo tuviera; aun harán más probablemente, que será dejar parte del sueldo, que no cobran, para el donativo voluntario, á que obligan ahora á todo el mundo, con cuyos auxilios va la guerra que vuela. Es lo que muchos dicen: ya quisieran ver á lo menos lo que dan, para formar una idea de lo que deberían tomar. Sueldo, Dios le dé, pero rúbricas no faltan. Censor conozco yo á quien le presentaron en un mismo día la cuenta de su lavandera y el contrato matrimonial de su hija, y en la primera puso: imprímase; y en el segundo: no puede correr, por ser contra las prerrogativas del altar y del trono, y encerrar alusiones inmorales. Y tenía razón, porque al matrimonio se sigue lo que tú sabes, cosa por cierto inmoral y hasta fea en cuanto á ornato.

Chanzas aparte; no es el mío, que es hombre en verdad racional si los hay, y de él estoy tan contento que el día que me lo quiten, como es de presumir, me arrancan un pedazo del alma y el cuerpo todo entero, que á fuerza de verdades alimento.

Dejemos á un lado esas boberías de la libertad de imprenta, que se parece al dinero en lo indispensable, y en lo filosóficamente que sin la una y sin el otro vamos trampeando.

Ya sabrás en París los asesinatos del santuario de Hort: hicieron eco en Barcelona, y hubo allí la de Dios es Cristo. Muchos liberales se afligieron, y yo también me afligí; ¡vaya!, pero no precisamente en cuanto liberal, sino en cuanto hombre. Une estos que llaman atentados, y que realmente lo son, con los de los conventos, y remontándote más arriba con los del 17 de julio, de triste recordación para los frailes de Madrid, yo te diré una cosa.

Cuando yo veo á los principales pueblos de una nación alzarse tumultuosamente, y á pesar de las guarniciones y de la guardia nacional, y del poder del gobierno, atropellar el orden y propasarse á excesos lamentables en distantes puntos, en épocas diversas, y á despecho de los sentimentales sermones de los periódicos, difícilmente me atrevo á juzgarlos con ligereza: mientras mayores son los excesos, más increíble el olvido de las leyes y más fuerte la insurrección, más me empeño en buscarles una causa; ni en el orden físico ni en el moral comprendo que lo poco pueda más que lo mucho: no comprendo que pueda suceder nada que no sea natural, y para mí natural y justo son sinónimos. De donde infiero que una insurrección triunfante es cosa tan natural como la erupción de un volcán, por perjudicial que parezca. Una causa no es una defensa, pero es una disculpa, desde el momento en que se me conceda que una causa dada ha de tener forzosamente un efecto.

Ahora bien. ¿En dónde ve el pueblo español su principal peligro, el más inminente? En el poder dejado por una tolerancia mal entendida, y por muy largo espacio, al partido carlista; en la importancia que de resultas de la indulgencia y de un desprecio inoportuno ha tomado la guerra civil. ¿No veía en los conventos otros tantos focos de esa guerra, en cada fraile un enemigo, en cada carlista preso un reo de estado tolerado? ¿No procedía del poder de esos mismos enemigos dominantes siglos enteros en España, la larga acumulación de un antiguo rencor jamás desahogado? ¿Qué mucho, pues, que la sociedad acometida en masa, en masa se defienda? ¿Qué mucho que no pudiendo ahogar de una vez al enemigo entre sus brazos, se arroje sobre la fracción más débil de él que tiene más cerca y á su disposición? Sólo puede ser generoso el que es ya vencedor: si al gobierno le es dado juzgar y condenar legalmente, es porque está fuera de combate, porque representa á la justicia imparcial. Pero se pretende que de dos atletas en la fuerza de la pelea, el uno continúe su victoria hasta acabar con su enemigo, y que éste se contente con decirle: «¡¡¡Espérate, no me mates, que voy á dar parte á la justicia, que es de mi partido, para que ella te ahorque!!!»

El pueblo no es el gobierno; es más fuerte que él, cuando éste no comprende y satisface sus necesidades; y prueba de ello es que lleva á cabo sus atentados sin que aquél los pueda prever ni impedir. No es esto alabar los atentados, sino decir los inconvenientes de las revueltas, y que por malos que parezcan son naturales, como es malo, pero natural, que un río atajado por diques, inferiores á él, se salga irritado de su madre é inunde la campiña que debiera fertilizar mansamente.

Nota aquí una cosa. Quien pudo hace un año dar salida conveniente á ese río no lo supo hacer, y cuando llega la avenida, se queja del río. Quéjese de su torpeza, que no calculó antes de poner los diques la fuerza que el agua traería. El gobierno no supo á tiempo contentar á los pueblos y dar salida legal á su justo enojo, y su sucesor, que heredó la culpa, se queja ¿de qué?, ¡¡¡de que los pueblos no son de cartón, como uno y otro creyeron!!!

Recorre la historia: en ella aprenderás que un asesino nunca puede ser justo; pero cuando no es uno, cuando no es una facción, cuando son los pueblos enteros los que asesinan, rara vez dejan de obrar naturalmente. Que no fueron entre nosotros cuatro malévolos, mal pudiera negarlo el gobierno mismo, pues á haberlo sido, ¿cómo no hubiera estado en su mano sujetarlos? De donde infiero que los desórdenes del pueblo, ó son naturales y justos cuando el gobierno no los puede contener, ó son culpa del gobierno cuando puede y no sabe, ó no quiere. Argumento sin contestación.

Pero eso sí, vivimos en el tiempo de la legalidad. Los principales motores fueron presos y trasladados á Canarias. Por supuesto, me dirás, previa formación de causa y la competente condenación de los tribunales. Claro está. ¿Cómo querías tú que un gobierno, que se queja de los excesos del pueblo, vaya él á cometerlos? ¿Un gobierno, que no puede como el pueblo disculparse con la seducción y la irritación de las pasiones, había de atropellar las leyes, de que es guardián y ejecutor, con la misma facilidad que ese pueblo á quien castiga por haberlas atropellado? ¿Pues no ves que si el gobierno hubiera atropellado las leyes para castigar los atropellos de otros, debería haber empezado por embarcarse él para Canarias, y decir: Marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda de presidio? Vaya, Andrés, que eso ni suponerse puede, y si te cuentan que tal caso ha sucedido, puedes decir que el que lo cuente es un malévolo de ésos que traen la anarquía en el bolsillo. Diría el gobierno y diría bien: «Yo no hice tal cosa, y si la hiciera, ¿qué diferencia habría entre los atentados del pueblo y los míos? Porque en fin, mientras que la ley no le ha declarado reo, el condenado es asesinado: en ese caso no habría entre mi atentado y el del pueblo más que una diferencia, á saber: que el pueblo asesinó malamente carlistas y yo asesino malamente liberales».