Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del pueblo.
Puedes estar seguro de que hay causa; y si no se les ha formado, es porque andamos de prisa, ó por mejor decir, lo que ha ido á Canarias no ha sido una cadena de culpables, sino una comisión artística compuesta de liberales, que van á costa del gobierno á acabar de descubrir aquellas islas, y escribir una memoria de las alturas del globo, y á dar testimonio al mundo sobre todo de la altura á que estamos, tomando el meridiano del pico de Tenerife.
También te habrán contado posteriormente otra pequeña arbitrariedad ejecutada oficialmente en una vieja, en virtud de un cúmplase de un héroe. ¡Dios nos libre de caer en manos de héroes! Sólo te diré que á lo menos en Barcelona tuvieron que acometer una fortaleza y exponerse á ser rechazados. Bueno es remontarse á las causas de las cosas, al tronco, y no á las ramas. Es así que la primera causa de que existen facciosos fueron las madres que los parieron; ergo quitando de en medio á las madres; lo que queda. Los teólogos dicen: sublata causa tollitur efectus. Es lástima que no haya vivido el abuelo, porque mientras más arriba más seguro es el golpe. Pero hemos tenido que contentarnos con la madre. Está probado que así como Sansón tenía la fuerza en el pelo, los facciosos tienen el veneno en la madre, que viene á ser la hiel de ellos; en quitándosela se vuelven como malvas: así lo ha probado la experiencia, porque de resultas el otro no ha fusilado más que á treinta. ¿Quién sabe los que hubiera fusilado si hubiera tenido madre todavía? Luego, las mujeres son las que están impidiendo la felicidad de España, y hasta que no acabemos con ellas no hay que pensar en tener tranquilidad. En cuanto á las hermanas, como estaban casadas con guardias nacionales, les tocaba fusilar la mitad á los de allá, y la otra mitad á los de acá; pero nosotros, más desprendidos, no quisimos perdonar ni la mitad que nos tocaba, y lo fusilamos todo. ¡Bienaventurados en tiempos de héroes los incluseros, porque ellos no tienen padre ni madre que les fusilen!
Pasadas estas etiquetas de recíproca cortesía, dieron en correr voces de que el ejército estaba descontento, y que la guerra de Navarra no iba lo ligera que debía. Felizmente para todos, algunos amigos tuyos y míos, que así saben mover la pluma como esgrimir la espada, enderezaron la opinión en artículos luminosos, probando lo que ninguno debía tener olvidado, que las guerras civiles son largas, á pesar de todos los programas del mundo; que éstos son por el contrario los que tienen corta vida; que así las civiles como las demás se sostienen con dinero y con soldados; que un gobierno en lucha con una facción pierde más cuando pierde una batalla, que adelanta cuando la gana, y que una derrota nuestra nos quita más honra que gloria da á la facción; que por lo tanto es fuerza no aventurarse sino á ciencia cierta; que la guerra no se hace en el ministerio, sino en Vizcaya; que de real orden se llevan y se traen jueces, se envían buques á Canarias, y se conquistan votos, pero de real orden no se ganan batallas; que algunos descalabros nuestros han sido debidos á reales órdenes; que para hacer la guerra se necesita un plan; que para tener plan es preciso que el general sólo sea responsable; y que Córdoba, en fin, sin que haya necesidad de llamarle héroe, tiene un plan, el cual es forzoso dejarle llevar á cabo, siquiera porque no ha habido hasta ahora otro mejor que el suyo.
Tales razones no convencieron, fué bien acogida la representación del ejército, y si bien ninguno de los que hablaban fué á dar su brazo en vez de su voto, al fin no se admitió la dimisión, y sigue el general, y su plan, y la guerra de Navarra, en el mejor estado posible.
Mientras todo esto pasaba echáronse encima las próximas elecciones, hoy ya pasadas, y porque digo se echaron encima, no vayas á pensar alguna tontería. Dijeron muchos si habría amaños ó si no habría amaños; que se escribió largo y se intrigó más. Lo primero solo prueba cultura en el país, lo segundo arguye talento. ¡Vaya usted á impedir que hablen las gentes! Para que no fuesen las elecciones muy populares bastante amaño era ya la propia ley electoral, en virtud de la cual debían elegir los electores nombrados por los ayuntamientos y los mayores contribuyentes. No hay cosa para elegir como las muchas talegas: una talega difícilmente se equivoca; dos talegas siempre aciertan, y muchas talegas juntas hacen maravillas. Ellas han podido decir á su procurador por boca de los mayores contribuyentes la famosa fórmula aragonesa: «Nos, que cada una de nos valemos tanto como vos, y todas juntas mucho más que vos, os hacemos procurador».
Luego, los elegidos habían de tener doce mil reales de renta: gran garantía de acierto: por poco que valga un real en estos tiempos, no hay real que no valga una idea, sin contar con las muchas que hasta ahora hemos visto que no valían un real, y con los varios casos en que por menos de real daría uno todas sus ideas: bueno es siempre que haya reales en el Estamento por si acaso no hubiese ideas. Tanto mejor si hay lo uno y lo otro.
No es menos importante lo de los treinta años; no es menos simbólico ni cabalístico el número de treinta que el de tres tan citado, y de que es décuplo; treinta días tiene el mes, treinta minutos cada media hora, por treinta dineros vendió Judas á un Dios, treinta años representa la vida de un jugador, y treinta años, en fin, la capacidad de un procurador. Muchos filósofos han creído que cuando el hombre nace, el Ser Supremo, que esta atisbando, le sopla dentro el alma por medio del mismo procedimiento que usa un operario en una fábrica de cristales para dar forma á una vasija; pero eso es el alma, mas no la capacidad y la facultad de procurar: esta tal otra quisicosa se la infunde el Criador el día que cumple treinta años, por la mañanita temprano, así como la aptitud legal y la mayoría se la comunica á los veinte y cinco. Oh tú, Andrés, que no los has cumplido, está con cuidado el día que los hayas de cumplir, y escríbeme para mi gobierno lo que sientas en ese día: dime por dónde entra la capacidad, y hacia dónde se coloca en tu persona: prevenido de esa suerte de los síntomas que la anuncian podré yo hacer á la mía, el día que me baje, el recibimiento que se debe á tan ilustre huésped. ¿Cuándo tendremos treinta años? Aquel día seremos ya unos hombrecitos.
Bien ha habido hombres que han discurrido antes de los treinta años, pero ésos son fenómenos portentosos, raros ejemplos de no vista precocidad; y en cuanto á Pitt y otros de su especie, ministros ya mucho antes, ni siquiera es posible considerarlos como monstruos de naturaleza; es fuerza inferir error de cálculo y mala fe en la de bautismo.
El haber nacido en la provincia, ó tener en ella arraigo, no es de menos importancia, si recordamos que las primeras impresiones se graban para siempre en la cabeza del niño, y deciden de lo que ha de ser después cuando grande: ni es posible que un hombre conozca su provincia, y se interese por ella, si no ha nacido por allí cerca. Puede suceder que una provincia tenga más confianza en la reputación, en el saber de un forastero; pero páselo en paciencia la buena de la provincia, que más pasó Cristo por ella.