Olvidada luego la antigua influencia nuestra, levantadas otras naciones á ocupar el puesto privilegiado que vergonzosamente les cedíamos en el rango de los pueblos, la literatura no podía menos de resentirse de nuestra decadencia política y militar: callaron los cisnes de España; una nación vecina, de quien atinadamente dice el señor Maury: Le goût naquit français, creó una literatura nueva, que debía adolecer sin embargo de la influencia regularizadora, acompasada, filosófica del siglo en que aquélla prosperaba. Millares de preceptistas creyeron leer en Horacio lo que nunca acaso había pensado decir; Shakespeare y Lope fueron sacrificados en las aras de la nueva escuela, y el gusto se asentó sobre las ruinas del genio; el corto número de sus apasionados hubo de contentarse con admirarlos en silencio; nadie osó alabarlos sin rubor. Entronizada la nueva escuela, que nada debía en verdad á la España, ésta debía quedar borrada del mundo literario, y un célebre crítico pudo decir de ella impunemente: un rimeur sans péril delà les Pyrénées, etc., y llamarla bárbara, sin que nadie se atreviese á sospechar que se podría volver por ella algún día victoriosamente. Las épocas y los gustos se suceden sin embargo rápidamente, y el hombre debía volver á conocer que no había nacido sólo para un mundo de amarga y disecada realidad; escritores osados intentaron sacudir el yugo impuesto por los preceptistas; el mundo debía encontrar al fin, en política como en literatura, la libertad para que nació; la literatura española debía surgir desde este momento y aparecer más radiante que nunca, como un inmenso fanal oscurecido largo tiempo por una espesa niebla. Los Alemanes fueron los primeros que desenterraron nuestras bellezas, y Calderón vino á serles un objeto de culto. Había falta sin embargo todavía de una obra que hiciese conocer á la nación exclusiva que los españoles son hombres también y poetas. Tan grande empresa debía arredrar al más osado. No bastaba decir: «Aprendan ustedes á leer el castellano». Esto hubiera sido acaso reproducir la Casandra de Troya, y era preciso decir: «Aprendan ustedes en francés á leer el castellano». Don Juan María Maury, nuestro compatriota, tomó sobre sí la arrojada empresa de convencer al sordo que se negaba á oir, y si es cierto que in magnis audisse sat est, la idea sola del señor Maury constituye el mayor elogio de su obra.
Esta idea llevaba empero en sí misma un escollo inevitable: la índole de la lengua y de la poesía francesa, tan opuesta á la española, debía ser un obstáculo invencible. El intentar la perfección hubiera, pues, sido desatino: en acercarse á ella estaba la victoria; admitido este principio, creemos que la ha alcanzado muchas veces el señor Maury. El plan de su obra es el más á propósito para el objeto que se propone: la colección de poesías escogidas hubiera sido incompleta sin una reseña histórica de nuestra literatura; este vacío ha tratado de llenar su introducción. Convenimos con el Monitor francés que al analizar la España poética siente que el autor se haya dejado llevar de su inclinación y aun de tal cual parte de amor propio al escribirla en verso; amor propio disculpable en un español que ha podido desplegar tales fuerzas en el difícil empeño de poetizar en una lengua extraña. Este plan envuelve el inconveniente que abraza el punto mismo: una historia de literatura llena de fechas y nombres propios es argumento harto estéril para las musas: al quererlo tratar poéticamente le ha sido forzoso al autor embarazar su lectura con notas históricas, si bien importantes, prolijas, y á veces minuciosas. Una disculpa encontramos con todo á su introducción poética. Acaso necesitaba el autor captarse la benevolencia de sus lectores creando en ellos hacia él una prevención favorable de su suficiencia. Si tal fué su objeto, hale conseguido sobradamente. Las noticias biográficas de nuestros poetas era otro punto importante que no podía olvidarse en semejante trabajo.
Con respecto al desempeño de la obra en general, varios críticos franceses se apresuraron á admitir en la literatura francesa al señor Maury, que se había adquirido indudablemente no pocos títulos á ocupar en ella un lugar distinguido.
«La expresión de don Juan Maury, dijo un periódico francés haciendo el juicio de esta obra, siempre elegante, anuncia un estudio profundo de la lengua francesa». Tacháronle otros de una concisión harto incorrecta, de licencias inútiles, y de haber españolizado demasiado la poesía francesa. Esto, á nuestro entender, sobre ser lo más atrevido que ha podido hacer, nos parece un bien hecho á la lengua francesa, harto poco libre y desembarazada, y esta verdad la han confirmado escritores modernos de aquel país que después del señor Maury han roto las antiguas cadenas de la sintaxis francesa. Después de haber leído Notre-Dame de Paris, obra que ha hecho indudablemente una revolución en la lengua del Sena, la inculpación hecha á Maury cae por sí sola.
Más fundado nos parece el reproche que se le ha hecho de poca fidelidad al texto que traduce: abrevia y suprime á veces con notable perjuicio del original: ejemplo de esto puede ser la égloga de Garcilaso, Salicio y Nemoroso; otras amplifica, desliendo un pensamiento enérgico en más versos franceses de los necesarios. Puédele obligar á lo primero el miedo de verter al francés ideas propiamente españolas, cuya osada energía no consiente la índole de la poesía francesa, y en el segundo la precisión de rimar y redondear los pensamientos en una poesía que apenas admite les enjambements. Hay en cambio traducciones bellísimas, y en algunas creemos que ha mejorado el original. Ejemplo de las primeras puede ser la fábula de El caballo y la ardilla de Iriarte. Lo mismo puede decirse de la oda Á las estrellas de Meléndez, de la Rosa de Rioja, etc.
Interminable empeño sería el de presentar en un artículo de periódico, acaso ya demasiado largo, los muchos trozos que pueden servir de modelo á traductores, y en que ha sabido vencer el señor Maury la inmensa dificultad que le oponían la diversidad de índoles de las lenguas, de poesías, de giros, de locuciones, etc. Contentémonos con que haya dado una idea ventajosa, si á veces incompleta, de nuestros poetas á los extranjeros, y reconozcamos francamente en honor de Maury que los más de los defectos no son culpa del autor, y que las más de las bellezas son propias suyas.
Garcilaso, santa Teresa, Luis de León, Herrera, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, los Argensolas, Quevedo, Rioja, Villegas, Luzán, Cadalso, Iriarte, Meléndez, Iglesias, Noroña, Cienfuegos, Moratín, Quintana y Arriaza son los poetas que el autor ha puesto á contribución para formar esta colección escogida: no ha olvidado por eso que poseemos una inmensa riqueza literaria de autores desconocidos, en nuestros romanceros sobre todo: al coger de ellos los mejores y más afamados, ha creído deber dar una idea de este género puramente español, en que se hallan consignados los hechos principales de nuestra historia, y que es el verdadero depósito de la tradición fabulosa é histórica de nuestros tiempos primitivos.
Alguna reconvención pudiera hacerse al señor Maury acerca de la elección de algunas piezas; pero es difícil desnudarse de toda prevención y parcialidad amistosa, sobre todo cuando ha de hablarse de poetas contemporáneos: desde la dedicatoria se observa una predilección, que no llamaremos precisamente injusta, hacia las poesías del señor Arriaza; pero con la cual no convenimos del todo, sin que esto sea negar el sello de picante originalidad y de estro poético que casi siempre caracterizan á este escritor.
Generalmente hallamos mejor traducido el género heroico y el de las fábulas. Quevedo, por ejemplo, era intraducible, y el señor Maury, en una sola composición jocosa que de él escoge, lo ha probado. No habiéndole traducido él victoriosamente, creemos que puede cualquiera renunciar á este empeño. Rioja, Quintana y los romances son los que han encontrado más simpatías en la índole de la lengua francesa; la tendencia filosófica de los primeros, y el vigor varonil y sabor anticuado de los segundos, pueden haber contribuido á esto.
Mucho sentimos no poder citar largamente los elogios que diversos periódicos franceses tributaron á la España poética á la sazón de su publicación.