En punto á calzado, sólo podemos decir que lo más común es andarse con pies de plomo.—Con respecto á talle, la gran moda es estar muy oprimido, tan estrecho que apenas se pueda respirar: por ahora á lo menos éste es el uso; podrá pasar pronto, si no nos ahogamos antes.—En punto á muebles los hay nuevos todos los días; pero allá se van con los antiguos. Por lo que hace á adornos de mesa, sabido es que en España no somos fuertes; bien que falta lo principal, que es qué comer.
De colores, en fin, estamos poco más ó menos como estábamos; si bien el blanco y negro son los fundamentales, aquél más caído, éste más subido: lo más común especialmente en personas de calidad, son los colores indecisos, tornasolados, partícipes de negro y blanco, como gris ó entre dos luces: en una palabra, colores que apenas son colores; es de esperar que pronto se habrán de admitir, sin embargo, de grado ó por fuerza, colores más fuertes y decididos, puros y sin mezcla alguna. En el ínterin chocan tanto estos últimos, que hay personas nerviosas que sólo al considerar que habrá que entrar en ellos, padecen y ofician, y guardan la cama.
LA GRAN VERDAD DESCUBIERTA
Dirán que los grandes trastornos políticos no sirven para nada. ¡Mentira!, ¡atroz mentira! Del choque de las cosas y de las opiniones nace la verdad. De dos días de discusión nace un principio nuevo y luminoso. ¿Saben ustedes lo que se ha descubierto en España, en Madrid, ahora, hace poco, hace dos días no más? Se ha descubierto, se ha decidido, se ha determinado que la ley protege y asegura la libertad individual. Cosa recóndita, de nadie sabida, ni nunca sospechada. Han sido precisos todos los sucesos de la Granja, la caída de tres ministerios, una amnistía, la vuelta de todos los emigrados, la rebelión de un mal aconsejado príncipe, una cuádruple alianza, una guerra en Vizcaya, un jura, una proclamación, un estatuto, unas leyes fundamentales resucitadas en traje de Próceres, una representación nacional, dos estamentos, dos discusiones, una corrección ministerial, un empate y la reserva de un voto importante, que no hacía falta, para sacar del fondo del arca política la gran verdad de que la ley protege y asegura la libertad individual. Pero ahora ya lo sabemos. Girolamo, lo sappiamo, responderá alguno. Sappete un!!! Ahora es, y no antes, cuando verdaderamente lo sabemos, y ya nunca se nos olvidará.
¡Que nos quiten esa ventaja! Á un dos por tres descubrió Copérnico que la tierra es la que gira; en un abrir y cerrar de ojos descubrió Gassendi la gravedad de los cuerpos; Newton halló su prisma en un mal vidrio; Linneo encontró los sexos de las plantas entre rama y rama. Pero han sido necesarios siglos de opresión y una corrección ministerial para descubrir que la ley protege y asegura algo. He aquí la diferencia que hay de las verdades físicas á las verdades políticas: aquéllas suelen encontrarse detrás de una mata: éstas están siglos enteros agazapadas detrás de una corrección ministerial. Ábrase la discusión, discútase el punto, pronúnciese la modificación ministerial, et voilà la vérité, que salta como un chorro, y salpica á los circunstantes. ¡¡¡¡Uff!!!! La ley protege y asegura la libertad individual. Luego que esto esté escrito y sancionado, ya quisiera yo saber quién es el que no anda derecho. ¿Qué ladrón vuelve á robar, qué asesino mata, qué facción vuelve á levantar la cabeza, y qué carlista, en fin, no se apea de su destino? La discusión, la discusión; he aquí el secreto. La ley protege, es decir, que la ley no es cosa mala, como se había creído hasta ahora; la ley por último, he aquí la gran verdad escondida. Loor á la revolución, loor á las discusiones largas y peliagudas, loor á las correcciones ministeriales, y loor en fin, para siempre, y más loor á la gran verdad descubierta.
EL MINISTERIAL
¿Qué me importa á mí que Locke exprima su exquisito ingenio para defender que no hay ideas innatas, ni que sea la divisa de su escuela: Nihil est intellectu quod prius non fuerit in sensu? Nada. Locke pudiera muy bien ser un visionario, y en ese caso ni sería el primero ni el último. En efecto, no debía de andar Locke muy derecho: ¡figúrese el lector que siempre ha sido autor prohibido en nuestra patria!... Y no se me diga que ha sido mal mirado, como cosa revolucionaria, porque, sea dicho entre nosotros, ni fué nunca Locke emigrado, ni tuvo parte en la constitución del año 12, ni empleo el año 20, ni fué nunca periodista, ni tampoco urbano. Ni menos fué perseguido por liberal; porque en sus tiempos no se sabía lo que era haber en España ministros liberales. Sin embargo, por más que él no escribiese de ideas para España, en lo cual anduvo acertado, y por más que se le hubiese dado un bledo de que todos los padres censores de la Merced y de la Vitoria condenasen al fuego sus peregrinos silogismos, bien empleado le estuvo. Yo quisiera ver al señor Locke en Madrid en el día, y entonces veríamos si seguiría sosteniendo que porque un hombre sea ciego y sordo desde que nació, no ha de tener por eso ideas de cosa alguna que á esos sentidos ataña y pertenezca. Es cosa probada que el que no ve ni oye claro á cierta edad, ni ha visto nunca ni verá. Pues bien, hombres conozco yo en Madrid de cierta edad, y no uno ni dos, sino lo menos cinco, que así ven y oyen claro como yo vuelo. Hábleles usted, sin embargo, de ideas; no sólo las tienen, sino que ¡ojalá no las tuvieran! Y de que estas ideas son innatas, así me queda la menor duda, como pienso en ser nunca ministerial; porque si no nacen precisamente con el hombre, nacen con el empleo, y sabido se está que el hombre, en tanto es hombre, en cuanto tiene empleo.
Podría haber algo de contusión en lo que llevo dicho, porque los ideólogos más famosos, los Condillac y Destutt-Tracy, hablan sólo del hombre, de ese animal privilegiado de la creación, y yo me ciño á hablar del ministerial, ese ser privilegiado de la gobernación. Saber ahora lo que va de ministerial á hombre, es cuestión para más despacio, sobre todo cuando creo ser el primer naturalista que se ocupa de este ente, en ninguna zoología clasificado. Los antiguos por supuesto no le conocieron; así es que ninguno de sus autores le mienta para nada entre las curiosidades del mundo antiguo, ni se ha descubierto ninguno en las excavaciones de Herculano, ni Colón encontró uno solo entre todos los Indios que descubrió; y entre los modernos, ni Buffon le echó de ver entre los racionales, ni Valmont de Bomare le reconoce; ni entre las plantas le coloca Jussieu, Tournefort, ni de Candolle, ni entre los fósiles le clasifica Cuvier; ni el barón de Humboldt, en sus largos viajes, hace la cita más pequeña que pueda á su existencia referirse. Pues decir que no existe, sin embargo, sería negar la fe, y vive Dios que mejor quiero pasar que la fe y el ministerialismo sean cosas para renegadas que para negadas, por más que pueda haber en el mundo más de un ministerial completamente negado.
El ministerial podrá no ser hombre; pero se le parece mucho, por defuera sobre todo: la misma fachada, el exterior mismo. Por supuesto, no es planta, porque no se cría ni se coge; más bien pertenecería al reino mineral, lo uno porque el ministerialismo tiene algo de mina, y lo otro porque se forma y crece por superposición de capas: lo que son las diversas capas superpuestas en el reino mineral, son los empleos aglomerados en él: á fuerza de capas medra un mineral; á fuerza de empleos crece un ministerial, pero en rigor tampoco pertenece á este reino. Con respecto al reino animal, somos harto urbanos, sea dicho con terror suyo, para colocar al ministerial en él. En realidad, el ministerial más tiene de artefacto que de otra cosa. No se cría, sino que se hace, se confecciona. La primera materia, la masa, es un hombre. Coja usted un hombre (si es usted ministro, se entiende, porque si no, no sale nada): sonríasele usted un rato, y le verá usted ir tomando forma, como el pintor ve salir del lienzo la figura con una sola pincelada. Déle usted un toque de esperanza, derecho al corazón, un ligero barniz de nombramiento, y un color pronunciado de empleo, y le ve usted irse doblando en la mano como una hoja sensitiva, encorvar la espalda, hacer atrás un pie, inclinar la frente, reir á todo lo que diga: y ya tiene usted hecho un ministerial. Por aquí se ve que la confección del ministerial tiene mucho de sublime, como lo entiende Longino. Dios dijo: Fiat lux, et lux facta fuit. Se sonrió un ministro, y quedó hecho un ministerial. Dios hizo al hombre á su semejanza, por más que diga Voltaire que fué al revés: así también un ministro hace un ministerial á imitación suya. Una vez hecho, le sucede lo que al famoso escultor griego que se enamoró de su hechura, ó lo que al Supremo Hacedor, de quien dice la Biblia á cada creación concluida: Et vidit Deus quod erat bonum. Hizo el ministro su ministerial, y vió lo que era bueno.
Aquí entra el confesar que soy un si es no es materialista, si no tanto que no pueda pasar entre las gentes del día lo bastante para haber muerto emparedado en la difunta que murió de hecho á catorce años, y que mató no ha mucho de derecho el ministerio de gracia y justicia, que fué matarla muerta. Dígolo, porque soy de los que opinan en los ratos que estoy de opinar algo sobre algo, con muchos fisiólogos y con Gall, sobre todo, que el alma se adapta á la forma del cuerpo, y que la materia en forma de hombre da ideas y pasiones, así como da naranjas en forma de naranjo.—La materia, que en forma sólo de procurador producía un discurso racional, unas ideas intérpretes de su provincia, se seca, se adultera en forma ministerial: y aquí entran las ideas innatas, esto es, las que nacen con el empleo, que son las que yo sostengo, mal que les pese á los ideólogos. Aquí es donde empieza el ministerial á participar de todos los reinos de la naturaleza. Es mona por una parte de suyo imitadora; vive de remedo. Mira al amo de hito en hito: ¿hace éste un gesto?, miradle reproducido como en un espejo en la fisonomía del ministerial. ¿Se levanta el amo? La mona al punto monta á caballo. ¿Se sienta el amo? Abajo la mona.—Es papagayo por otra parte; palabra soltada por el que le enseña, palabra repetida. Sucédele así lo que á aquel loro, de quien cuenta Jouy que habiendo escapado con vida de una batalla naval, á que se halló casualmente, quedó para toda su vida repitiendo, lleno de terror, el cañoneo que había oído: ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, sin nunca salir de esto. El ministerial no sabe más que este cañoneo. «La España no está madura.—No es oportuno.—Pido la palabra en contra.—No se crea que al tomar la palabra lo hago para impugnar la petición, sino sólo sí para hacer algunas observaciones», etc., etc. Y todo ¿por qué?, porque le suena siempre en los oídos el cañoneo del año 23. No ve más que el Zurriago, no oye más que á Angulema.