El cangrejo porque se vuelve atrás de sus mismas opiniones francamente: abeja en el chupar: reptil en el serpentear: mimbre en lo flexible: aire en el colarse: agua en seguir la corriente: espino en agarrarse á todo: aguja imantada en girar siempre hacia su norte: girasol en mirar al que alumbra: muy buen cristiano en no votar: y seméjase, en fin, por lo mismo al camello en poder pasar largos días de abstinencia; así es que en la votación mal decidida álzase el ministerial y exclama: «Me abstengo:» pero, como aquel animal, sin perjuicio de desquitarse de la larga abstinencia á la primera ocasión.

El ministerial anda á paso de reforma; es decir, que más parece que se columpia, sin moverse de un sitio, que no que anda.

Es por último el ministerial de suyo tímido y miedoso. Su coco es el urbano: no se sabe por qué le ha tomado miedo; pero que se le tiene es evidente: semejante á aquel loco célebre que veía siempre la mosca en sus narices, tiene de continuo entre ceja y ceja la anarquía: y así la anda buscando por todas partes, como busca Guzmán en la Pata de cabra las fantasmas por entre las rendijas de las sillas.—El ministerial, para concluir, es ser que dará chasco á cualquiera, ni más ni menos que su amo. Todas las esperanzas anteriores, sus antecedentes todos se estrellan al llegar al sillón; á cuyo propósito quiero contar un cuento á mis lectores.

Era año de calamidad para un pueblo de Castilla, cuyo nombre callaré; reunióse el ayuntamiento, y decidió recurrir á otro pueblo inmediato, en el cual se veneraba el cuerpo de un santo muy milagroso, según las más acordes tradiciones, en petición de la sagrada reliquia y de algunas semillas de granos para la nueva cosecha. Hízose el pedido, que fué al punto mismo otorgado. Al año siguiente pasaba el alcalde del pueblo sano por el afligido: es de advertir que contra todas las esperanzas, si bien la cosecha era abundante, el cielo, que oculta siempre al hombre débil sus altos fines, no había querido terminar la plaga, sin duda porque al pueblo no le debía de convenir.—¿Cómo ha ido por ésta?, le preguntaba el uno al otro alcalde.—Amigo, le respondió el preguntado, con expresión doliente y afligido, la semilla asombrosa... pero... no quisiera decírselo á usted.—¡Hombre!, ¿qué?—Nada: la semilla, como digo, asombrosa, pero el santo salió flojillo.

Los ministeriales efectivamente, amigo lector, no quisiera decirlo, pero salieron también flojillos.

SEGUNDA CARTA
DE UN LIBERAL DE ACÁ
Á UN LIBERAL DE ALLÁ

Sin duda será cosa que te asombre, querido Silva Carballo d'Alburquerque, recibir mi segunda carta antes que la primera. Ya se ve, acostumbrados ahí en Portugal á proceder lógicamente y empezar siempre por el principio, me tratarás de loco, si es que no me tratas de ministerial. Pero te has de hacer varios cargos. En primer lugar, no en todas partes hay las mismas costumbres. En España solemos empezar por lo último, dejándonos lo principal en el tintero, y pensar que yo solo me he de salir del camino trillado es pedir peras al olmo, ó, lo que es lo mismo, libertad á un ministerio; es buscar cotufas en el golfo; más claro, por si no entiendes este refrán, es buscar una sentencia de muerte en causa carlista.

Ni yo veo la necesidad de empezar siempre por el principio, sobre ser esto cosa que á cualquiera le ocurriría, y aquí no somos cualquiera: el empezar por lo último tiene la singular ventaja, que á ti no te habrá ocurrido, de aparecer las cosas acabadas desde luego. Las naciones se manejan como los sonetos; los cuales si han de ser buenos, no hay poeta mediano que no los empiece por el último verso. Agrega á esto que de hacer las cosas mal, resulta otro beneficio, cual es el de poderlas enmendar, y así lo que no va en el libro va en la fe de erratas. Á cuyo propósito viene de perilla el recordarte el cuento de nuestro don Bartolomé, acerca del mal pintor que quería blanquear, y luego pintar su casa, y á quien un inteligente aconsejaba que mejor le estaría para su gloria pintarla primero y después blanquearla.—En segundo lugar has de saber que mi primera carta fué malamente interceptada: y no es decir que te la enviase yo por Vizcaya, lo cual hubiera sido grave error geográfico, sino por el conducto de este malhadado periódico, que perdone la censura. Pero es de advertir, amigo, que un periódico es en el día en punto á interceptaciones una verdadera Vizcaya. Es más fácil casi llevar un pliego al general en jefe, aunque no se sepa dónde para, que hacer llegar al público un mal artículo. Verdad es que, si hemos de hablar claro, es más fácil saber dónde está el público que dónde está Rodil: ya ves que no te lo pondero poco. Cada periódico dice que lo tiene en su casa; pero en realidad el público es como la libertad, que todos dan en decir que la tenemos, y ninguno la ve.

Interceptada, pues, mi primera carta, ¿qué otro recurso me queda que escribirte la segunda? Si yo no fuera tan escrupuloso, bien pudiera llamar segunda á la primera; pero yo, amigo, como Boileau, j'appelle un chat un chat et Rolet un fripon.

Y así me dejaran, como llamaría otras muchas cosas por su nombre: que á creerme autorizado como el ministerio de lo interior á mudar los nombres á las cosas, ya puedes imaginarte que no sería por mis cartas por donde empezaría.