Me chocó, pero no dije nada. Por la noche velamos el cadáver Urbistondo, el criado y yo, y por la mañana lo enterramos en el pequeño cementerio de la aldea.

Al día siguiente Mary fué a instalarse al faro, y Allen, el criado viejo, marchó a vivir a la venta de Izarte.

Unos días después, Allen se presentó en mi casa con una pretensión extraña. Traía un devocionario en la mano.

—Su tío de usted y yo—me dijo con mucho misterio—sabíamos dónde hay un tesoro escondido.

—¡Hombre!—exclamé yo.

—Sí. Está en la costa de África, y en este libro viene la indicación.

—¿En el devocionario?

—Sí.

—¿Y qué quiere usted que yo haga?

—Primero leer lo que dice en el libro; después, si usted quiere, puede asociarse a mí.